La niña que no quería hablar

Cuento 4

Darío pasó todo el día en el colegio mirando a sus compañeros y diciéndose:

- Si Yliel ayuda a todos los niños con dificultades, voy a hacerle una lista con los problemas que tienen mis compañeros de clase, así podrá auxiliarles también.

Andrés, por ejemplo, se entristece cada vez que su padre se va de viaje (que es muy a menudo), le puedo decir a Yliel que le busque un trabajo en el que no tenga que viajar.

Ana se pasa el día enfadada y quejándose de todo, quizás con un poco de buen humor consigue que mejore el carácter.

Luis está siempre enfermo, ha pasado casi medio curso sin asistir a clase, seguro que Yliel puede indicar a su madre el medicamento que le sirva para curarse.

Y lo de Julia ya pasa de la raya, tiene un orgullo tan exagerado que pretende que todos hagamos su voluntad, y si no se enfada. Tal vez una dosis de humildad no le vendría mal. Roberto siempre está hurgando en su nariz y después pone los dedos en la boca. A mi me da mucho asco y cuando le recriminamos nos promete que no lo volverá a hacer, pero no hay manera. Puede que el ángel le ayude a cumplir sus promesas.

Darío pasó el día confeccionando su lista. De vez en cuando borraba anotaciones, porque la actitud de alguno de sus compañeros le hacía cambiar de opinión sobre lo que iba apuntando. Por la tarde, al salir del colegio, se sintió orgulloso por el trabajo realizado y estaba dispuesto a aprenderse la lista de memoria para poder recitársela después a Yliel. Se sentía feliz de poder solucionar los problemas de todos sus amigos de clase, incluso los de la profesora, ya que oyó una conversación en la que explicaba a otro profesor que no conseguía dejar de fumar por más que se lo propusiera.
Cuando llegó a su casa, después de darle un beso a su madre, se encerró en su habitación para repasar, una vez más, toda su lista.Al llegar la hora de acostarse su madre le dijo:

-Pregúntale a Yliel lo que te vamos a regalar por tu cumpleaños.

- ¿Por qué?

- Tú pregúntaselo.

- Muy bien. Oye mamá, ¿cómo te ha ido tu examen?

-Bastante bien, pero aún no sé la nota.
-Seguro que te ponen un notable.La madre se quedó pensativa, pero sin hacer comentarios.Y el chico se fue a dormir pidiendo, como cada noche, encontrarse con Yliel.

-Hola Darío.

-Hola. Te he preparado una lista con todos los problemas de mis compañeros de clase para que los soluciones y he incluido también a mi maestra, que aunque no es pequeña, siempre está con niños.

-No puedo hacer eso.

-Pero ¿por qué? ¿No me dijiste que te dedicas a ayudar a los niños?

-Sí, pero sólo a aquellos que me lo solicitan directamente. Para poder ayudar, la persona tiene que estar de acuerdo si no es así la estás violentando, actúas en contra de su voluntad y eso no se puede hacer.

-No lo entiendo, si alguien está mal o tiene problemas es evidente que querrá ser ayudado, ¿no?
-No es tan sencillo. A menudo la gente quiere solucionar sus propios problemas sin ayuda. En ocasiones también sucede que imaginas que alguien tiene un problema, porque realmente te lo parece. Pero quizás esa persona no lo viva así, y le parezca una virtud aquello que para ti es un defecto. Voy a ponerte un ejemplo, en tu lista has puesto a tu compañera Julia porque piensas que es muy orgullosa y quiere que los demás hagan siempre su voluntad. ¿Tu crees que para ella eso representa un problema?

-No, es probable que no, pero para mi sí.
-Entonces no se trata de arreglar los conflictos de tus compañeros, sino los tuyos.

-Bueno, pues ayúdame a solucionar los míos.
-Lo haré, pero no cambiando a todos los que te rodean, sino dándote información para que seas tú quien cambie. Te voy a ofrecer otro ejemplo: al padre de Andrés le gusta mucho viajar y tú pretendes que yo le consiga un trabajo cerca de su casa, pero si lo hiciera no sería feliz.
-Pero Andrés se siente muy mal cada vez que su padre se marcha.

-¿Y piensas que ver triste a su papá le haría más dichoso?

-Creo que es muy complicado y hay un montón de cosas que no comprendo. ¿En tu mundo no tenéis estos problemas?

-No, allí todo lo que deseas se obtiene inmediatamente.

-Hala, qué guay. Siempre he pedido a mis padres que me compraran un perro y una perra, para poder tener perritos, pero me contestan que si en el futuro tenemos dinero iremos a vivir a una casa grande con jardín y que entonces podremos tener animales. Si viviera contigo ya los tendría ahora.

-En este momento ya estás en el mundo de los Deseos. Cada vez que sueñas te trasladas aquí.

-No te entiendo, ¿qué quieres decir?

-Que como ya estás en él, puedes pedir lo que quieras y lo obtendrás.Darío se estaba maravillado y sorprendido, no se atrevía a pedir nada. De pronto se acordó que al bajar a jugar a la calle se encontraba a David con su coche teledirigido y siempre daba la "casualidad" que cuando se lo iba a dejar se habían acabado las pilas. Así que probando suerte dijo:

-Quiero un coche teledirigido.Pocos segundos después Darío se encontró en sus manos el mando de un precioso vehículo y curiosamente del mismo modelo que el de David.

-Pero, pero... - no lograba hablar.

-Has deseado un coche y aquí lo tienes - le dijo Yliel.

-¿Funciona?

-Pruébalo.Muy nervioso, apretó el botón haciendo que el coche corriera a toda velocidad. Cuando ya llevaba un ratito jugando Yliel le dijo:

-¿Quieres que te explique la historia de la niña que no quería hablar?.

-Vale.Dicho esto, el coche desapareció y el ángel, tras acomodarse, empezaba su relato:

-Un día el arcángel Gabriel me llamó para que realizara otra misión: ayudar a una niña que se negaba a hablar. Susana, era menuda, rubia, con una melena rizada y una sonrisa preciosa. Con 8 años recién cumplidos y hacía uno que no soltaba una sola palabra. Su una hermana pequeña se llamada Marta y acababa de cumplir trece meses. Sus padres estaban desesperados. Acudieron a multitud de médicos, psicólogos, psiquiatras, que le recetaron toda clase de pastillas, inyecciones y jarabes, pero nada la curaba.

Buscando en los archivos vi que cuando Marta nació, sus padres, como acostumbra a pasar siempre que nace un bebé, le prestaron mucha más atención a la pequeña y sin darse cuenta se pasaban el día censurando a Susana: habla más bajo; no chilles; baja el volumen de la tele que despertarás a tu hermana; apaga la música que Marta tiene que dormir, no cantes; ahora no es momento de jugar, tengo que darle el biberón.

Llegó un punto en que la niña se sintió rechazada pensando que a nadie le importaba lo que ella dijera, pensara o hiciera y decidió dejar de hablar.Me introduje en sus sueños para tratar de explicarle que su familia la quería mucho, que el nacimiento de un niño siempre trae muchos cambios y que si hablaba de nuevo, todos iban a ser muy felices. Pero su respuesta fue que desde que dejó de hablar, todo el mundo le prestaba mucha más atención, que con tan solo mover un dedo sus padres estaban a su disposición. En el colegio, la maestra también le dedicaba una atención especial y le dejaba contestar sus preguntas por escrito. Por lo que no tenía interés alguno en volver a hablar.

El problema se planteaba difícil y era necesario elaborar un plan. Primero procurando que la situación no le fuera tan cómoda, para que prefiriera hablar. Así que la noche siguiente me introduje en los sueños de su maestra para pedirle que no le diera un trato especial, ni le permitiera contestar a las preguntas por escrito. Ella estuvo enseguida de acuerdo en ayudar a Susana. Visité después a sus mejores amigas: Ana y Carmen y les pedí que durante unos días no le hicieran mucho caso. Finalmente fui a convencer a sus padres de que fingiesen no entenderla cuando trataba de comunicarse por señas.

En los días que siguieron el plan se llevó a término y Susana pudo darse cuenta enseguida de que todo cambiaba a su alrededor, la gente ya no le mimaba como antes. No hablar era una desventaja. Pero ella siguió tozuda sin abrir la boca ya que hasta entonces esta actitud le había dado buenos resultados.Al cabo de una semana se presentó una buena ocasión. Una mañana Susana, Marta y su madre fueron a la piscina. El sol calentaba con fuerza y la madre tuvo sed, así que le dijo a su hija:

-Susana, cuida un momento de tu hermana mientras voy al bar a comprar una botella de agua.

No le gustaba demasiado ocuparse de Marta ya que se todo el rato daba vueltas de un lado para otro, por lo que decidió sentarse y seguirla con la vista. La pequeña se paseaba al borde de la Piscina, era una ocasión única. Pedí ayuda a las Sílfides, para que con un golpe de aire empujaran la niña; solicité también la colaboración de las Ondinas, las criaturas del Agua, para que cuidaran de ella. Así fue como en cuestión de segundos, Marta se cayó a la piscina delante de la mirada horrorizada de su hermana que no dudó en tirarse para salvarla. Susana, al no saber nadar demasiado bien, no conseguía hacerla salir, por lo que sólo le quedaba una salida:

-Mamá, mamá, socorro, ayúdame mamá.

La madre que en ese momento volvía con la botella en la mano, lanzó un grito, soltando la botella y se tiró al agua para sacar a sus niñas. Una vez fuera, pasado el susto y mientras seguía abrazada a sus hijas, preguntó:

-¿Quién me avisó? He oído una voz que gritaba mamá.

-He sido yo - contestó su hija mayor.

-Pero... Susana, ¡has hablado!

La madre se puso entonces a llorar abrazando muy fuerte a su hija.

Mi trabajo había terminado.

-¿Qué pasó después? - preguntó interesado Darío.

-Aquel día le hicieron a Susana una gran fiesta y después sus vidas transcurrieron con normalidad. Sus padres ya entendieron que su hija mayor necesitaba más atención.

-Yliel, quiero que me expliques más cosas sobre tu mundo.

-Hoy se nos ha acabado ya el tiempo. Debes decirle a tus padres que no voy a contestar a su pregunta, ya que si te dijera lo que van a regalarte por tu cumpleaños, rompería el encanto de la sorpresa. Diles que el regalo lo comprarán mejor en el primer establecimiento donde pensaban ir, que en el segundo. Comenta también a tu padre, en relación con su trabajo, que no se deje engañar por las apariencias, ya que no es oro todo lo que reluce.

-No entiendo lo que quieres decir.

-Es igual, él lo comprenderá. A tu madre le dices que su blusa está detrás de la lavadora. Adiós, pásalo bien, te espera una agradable sorpresa. Si no hay contratiempos volveremos a vernos por la noche.

-Adiós.Darío se quedó con las ganas de preguntarle cuál era la sorpresa. Al despertar pudo ver a sus padres entrar juntos a la habitación, ya que era mucho el interés que tenían en conocer la respuesta del ángel.

-Buenos días papá, buenos días mamá.

-Buenos días hijo, ¿has dormido bien?

-De primera, ha sido súper emocionante, he conducido un coche teledirigido en el mundo de los Deseos. Además Yliel me ha contado la historia de una niña que no quería hablar.

-¿Ha respondido a nuestra pregunta?

-Ah, sí, me ha dicho que no iba a contestar porque tiene que ser una sorpresa y que deberíais comprarlo en el primer sitio que habéis mirado. También dijo que papá que no se dejara engañar por las acariencas, que no es oro todo lo que reluce.

-Será apariencias.

-Eso, que lo tuvieras en cuenta en tu trabajo. Finalmente me ha dicho que tu blusa, mamá, está detrás de la lavadora.

Darío se fue a la ducha. Sus padres permanecieron de pie, inmóviles, mirándose el uno al otro, sin saber qué decir.

- Yliel se ha mostrado más sensato que nosotros - dijo el padre rompiendo el silencio, - si le hubiera revelado lo que le vamos a regalar nos estaríamos arrepentidos de habérselo preguntado. En lo que se refiere al trabajo, es curioso, ayer fui a visitar a un cliente que tiene un despacho muy lujoso, súper guay, como dice Darío, quizás se refiera a él al decir que no me deje engañar por las apariencias. Voy a pedir informes a su banco antes de hacer negocios.Cuando acabó de hablar su mujer se fue al tendedero, volviendo con una blusa en la mano:

-¿A que no sabes dónde la he encontrado, después de una semana buscándola?

-Detrás de la lavadora - le respondió su marido sonriendo.

-Exacto. Aquí está pasando algo raro y no sé si debo alegrarme o asustarme.

-De momento no tenemos ninguna razón para tener miedo. Desde que conoce a Yliel, el niño se comporta mejor que nunca: estudia, hace sus deberes y además te ayuda en casa. No debes preocuparte. Ahora vamos a prepararlo todo para la excursión.

-¿Qué excursión? - preguntó Darío que acababa de salir de la ducha.

-Un cliente me ha regalado una mesa, cuatro sillas y una nevera de camping, así que hay que estrenarlos. Nos vamos a la montaña.
-¡Fantástico! - contestó saltando de alegría.

Tristán Llop
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El bosque encantado

Cuento 5

Era sábado, al padre le acababan de regalar los utensilios necesarios para ir de excursión y decidió que aquel era un buen momento para estrenarlos.

Había pasado mucho tiempo desde la última salida, pero aún se acordaban de lo bien que lo pasaron. Tuvo lugar el verano anterior.

Fueron a una playa, pero no era como las demás, porque estaba llena de cuevas.

Sus padres prepararon, sin que Darío lo supiera, el mapa de un tesoro dejando pistas para que las pudiera seguir.

Pasaron todo el día a la búsqueda de sorpresas ocultas, de cueva en cueva, hasta que al final el chico lo encontró. Detrás de una gran roca había una caja que contenía la maqueta de un barco pirata. Por esto cuando sus padres deciden ir de excursión, Darío salta de la silla. Esta vez el padre le dijo que irían a un bosque encantado.

-¿Has preparado ya tu mochila?

Sí, mamá, ¿me hará falta la linterna?

-Llévatela por si acaso, nunca se sabe, a veces en los bosques encantados hay rincones oscuros, agujeros subterráneos cavados por los tejones u orificios en los árboles por donde las ardillas suben a sus casas. También te puede servir como defensa. Si la enfocas a los ojos de una serpiente se queda paralizada y no ataca.

-¿Quieres decir que allí donde vamos hay serpientes?

-Nunca se sabe, hijo, hay que estar preparado para todo. Darío, no olvides rellenar tu cantimplora con agua y no hagas como la última vez.

-Sí mamá, lo haré, pero es que aquel día se me olvidó de remover la leche y el cacao, por eso se hizo aquel tapón en la entrada.

-Casi necesitamos un clavo y un martillo para desembozarlo.

-Me llevo también mi cámara de fotos.

-Bueno familia, si estáis preparados, vámonos en busca de aventuras - dijo el padre. Cargaron el coche y se dirigieron hacia el bosque encantado.

-Papá, ¿por qué dices que está encantado?

-No lo digo yo. Cuenta la leyenda que está habitado por diferentes especies de seres mágicos, como los gnomos, las sílfides, las ondinas, las hadas, etc.. Dicen que en este bosque habitó una bruja malvada que atemorizaba a todos los animales porque cuando se enfadaba, no hacía más que lanzar encantamientos a todo ser viviente que se cruzara en su camino.

A los caracoles los transformaba en orugas; a los gorriones en mariposas; a los conejos en saltamontes; a las ardillas en búhos. Imagínate luego el lío de especies, nadie acertaba a saber quien era en realidad. Un día, hartos de tanta maldad, se reunieron las criaturas mágicas del bosque y decidieron unir sus fuerzas con el fin de echar de allí a la bruja. Prepararon un conjuro para que todos los seres malvados que se adentraran en aquel lugar con la intención de hacer daño, fueran enviados, por arte de magia, a mil kilómetros de distancia. Así fue como la bruja salió disparada para no volver jamás.

-Pero papá, ¿cómo sabes si el encantamiento aún está activo?

-Porque hace un tiempo me enteré que vino al bosque un cazador dispuesto a disparar contra cualquier liebre, conejo o jabalí que encontrara. Parece ser que cuando sacó la escopeta, desapareció del bosque y fue a parar a un pueblo en el que la gente hablaba otra lengua, a muchos kilómetros de allí. Desde entonces nadie más se ha atrevido a visitar este paraje con malas intenciones.

-A nosotros no nos pasará nada, ¿verdad?

-No, porque vamos a hacernos amigos del bosque y de sus habitantes, a compartir sus maravillas, a disfrutar de la naturaleza y no tenemos intención de hacerle daño a nadie.Darío estaba cada vez más excitado, lo que le acababan de contar le había impresionado mucho. Así, cada tres kilómetros preguntaba a sus padres cuánto faltaba para llegar.

Al fin llegaron. Después de aparcar el coche en un descampado, cargaron sus mochilas a la espalda. La aventura empezaba.
Se encontraban delante de un gran bosque, con árboles majestuosos, muy altos, que con dificultad dejaban penetrar la luz del sol hasta el suelo y plantas de todo tipo que al moverse, impulsadas por el viento, permitían oír varios tipos de sonidos. Todo estaba tranquilo, menos Darío que reflexionaba inquieto. ¿Qué peripecias le esperaban? ¿Iba a conocer alguna criatura mágica, un hada quizá? ¿Se haría amigo de algún animal? Siempre le hizo ilusión poder jugar con una ardilla, ya que le hacen mucha gracia esos animales, por eso trajo algunas nueces para ofrecérselas. Pero en realidad lo importante era poder aprender muchas cosas útiles para su futura profesión.

Mientras Darío continuaba soñando ya se habían adentrado en el bosque. De repente el padre se detuvo para explicarles:

-Acabamos de entrar en un mundo nuevo, cada rincón tiene su historia y para poderla entender tenemos que ponernos en sintonía con él.

-¿Y eso cómo se hace?

-Vamos a dejar las mochilas en el suelo. Cada quién elegirá un árbol. Nos sentaremos y nos abrazaremos a él. Luego cerraremos los ojos intentando escuchar a la naturaleza.Al chico le sonaron un poco extrañas aquellas palabras, porque no comprendió la diferencia que podía existir entre escuchar de pie y con los ojos abiertos; o hacerlo sentado y cerrándolos. Pero se acordó que Yliel le dijo que no era lo mismo oír que escuchar, y quizás era a esto a lo que se refería su padre, por lo que optó por hacerle caso.

Se abrazó sentado a los pies de un gran pino y cerró los ojos. Al principio le llegaron todo tipo de sonidos extraños que incluso le asustaron. Pero enseguida sus sensaciones fueron cambiando. Escuchó el canto de un gorrión que sonaba como una llamada, así que empezó a subir por el gran pino casi hasta la copa del árbol. Al llegar percibió otro sonido, una especie de cri, cri, como si unos dientes estuvieran rascando algo, se volvió para ver una pequeña ardilla que trataba de abrir una nuez.

El animalillo se puso una de sus patitas delante de la boca, como para indicarle que no hiciera ruido. Entonces Darío escuchó una respiración profunda y al mirar hacia donde procedía el sonido, vio un majestuoso búho durmiendo plácidamente. De repente, una especie de zapateo brotó del suelo. Bajó rápidamente del árbol y se encontró con un bonito conejo que golpeaba con sus patas delanteras el suelo para tratar de atraer a una hembra. La voz de su padre le hizo abrir los ojos:

-Vamos, Darío, hay que continuar.

-¡Papá!, he oído un gorrión, una ardilla, un búho durmiendo y un conejo. Es como si los hubiera visto, me da la impresión de haber estado con ellos.

-Tu oído y tu imaginación se han combinado para que pudieras percibirlos - le contestó su madre.Sin duda, esa excursión prometía ser única.La familia reemprendió su marcha. Los padres le iban explicando las cualidades curativas de cada una de las plantas que encontraban a su paso. Darío aprovechaba para fotografiarlas.

-Esto es tomillo y sirve para purificar la sangre, también es un potente desinfectante.

-¿Y hay que comérselo así?

-No cariño, hay que preparar una infusión y puede tomarse con azúcar o miel. También le enseñaron la forma de arrancar las hierbas sin perjudicar la planta y que después de hacerlo era preceptivo darle las gracias. Eso le pareció muy gracioso y pasó el siguiente cuarto de hora dándole las gracias a todas las plantas que encontraba por el camino, diciéndoles:

- Gracias por ser tan bonita, gracias por ser tan larga, gracias por ser tan útil, gracias por oler tan bien, gracias por alegrarme la vista, gracias por estar aquí, etc.Tras andar media hora y entre gracias y gracias llegaron a un precioso lago. El agua era tan clara que todas las imágenes quedaban reflejadas, se podían ver incluso peces de colores nadando en sus profundidades. Los tres estaban sorprendidos y encantados de estar allí.

-No hay duda que este lugar está encantado, porque no es frecuente encontrar un lago en medio de un bosque, seguro que esconde algún misterio. Quizás sea donde la bella durmiente conoció a su príncipe azul. - Dijo la madre.Darío estaba impresionado por la hermosura del lugar.

-¿Mamá, puedo bañarme?

-El agua debe estar helada.

-Creo que no.Darío ya se había quitado la ropa y corriendo se tiró de cabeza al agua.

-¿No os bañáis? Está buenísima.

-Tal vez dentro de un ratito - contestó la madre.

-Pues yo voy a darme un chapuzón ahora mismo - aseguró su marido.Los dos estuvieron bañándose y jugando en el agua durante un buen rato. Realmente ese lago era algo especial. Por un lado se flotaba más de lo normal, teniendo en cuenta que se trataba de agua dulce y por otro se sentía una paz y un bienestar muy agradables. Al verles tan felices la madre decidió darse también un chapuzón. Cuando por fin salieron del agua, oyeron un croac, croac, y apartando unos matojos de delante descubrieron en una charca, encima de unas hojas, dos ranas verdes.

-A lo mejor resulta que son un príncipe y una princesa y que han sido encantados por el mago malasombra.

-¿Quién es ese? - preguntó Darío.

-Es un mago bastante malo que se dedica a hacer encantamientos a todo aquel que le cae antipático. Pero su especialidad es cambiar narices.

-¿Cambiar narices?

-Sí, me acuerdo una vez que a un chico le puso una trompa de elefante por nariz; y a una jovencita se la puso de erizo, así cada vez que su novio se acercaba a darle un beso, se pinchaba.El padre hablaba con tal convicción, que a Darío le era difícil distinguir cuando lo hacía en serio o en broma.

-Vamos a preguntarles a estas ranas si quieren jugar con nosotros.

-¡Pero no conocemos el idioma de las ranas!

- No te preocupes, ya verás como nos entienden.Entonces el padre dijo:

- Ranitas, ¿queréis jugar con nosotros?Al cabo de unos segundos las ranas contestaron sendos croacs.

- Lo ves, han dicho que sí. ¿Qué te parece si les hacemos hacer una carrera?

- ¡Fantástico!

Pues prepárate. Coge una ramita y cuando diga ¡ya!, vas tocando suavemente la rana por detrás. La llegada será en aquella charca que hay allí delante. Preparados, listos... ¡Ya!.

Al dar la salida los dos activaron a sus respectivas ranas, bajo la atenta mirada de la madre. La de papa empezó dando tres grandes saltos que la pusieron en primer lugar. En cambio Darío tenía problemas para que la suya se moviera, quizás no le gustara mucho el sistema del palo. Así que cuando el padre ya le llevaba tres cuerpos de ventaja, decidió cambiar la estrategia. Se puso detrás de su rana y empezó a soplar.

La otra ya se estaba acercando a la meta, pero repentinamente, la del niño empezó a dar saltos sin parar. El caso es que llegó a la meta la primera, ante la sorpresa de todos. Darío brincaba de alegría abrazándose a su madre, mientras papá le daba las gracias a las ranas por su colaboración.Ya era mediodía y el esfuerzo les abrió el apetito, así que pusieron la mesa en un claro del bosque junto al lago y devoraron la exquisita tortilla de patatas que traían para comer.

Después de la fruta Darío se sentó cómodamente a la sombra de un enorme pino de unos veinte metros y que en su tronco asomaba un curioso agujero. Precisamente este orificio sirvió de inicio a una historia que su padre empezó a contar sobre un gnomo llamado Hans.Al cabo de unos instantes Darío oyó detrás suyo una voz diciéndole:

- Venga, espabila, hace rato que te estoy esperando y tengo prisa.

Darío, al volverse, pudo ver ante sí a un pequeño individuo, del tamaño de un soldadito. Su cabello era blanco a juego con una barba bastante larga. Sus brazos y piernas se veían fuertes y su cara dejaba intuir que era de buena persona. Haciendo un esfuerzo y respirando profundamente le preguntó:

- Pero, pero ¿quién eres?

- Soy el gnomo Hans, date prisa que llegaremos tarde.

- Pero ¿Qué dices?, ¿a dónde vamos? Yo no puedo ir a ningún sitio, estoy aquí con mis padres, les tengo que pedir permiso para poder marcharme y además yo no conozco este bosque.

- No te preocupes, ahora tus padres no te pueden ver ni oír. No tienes más remedio que venir conmigo porque necesito tu ayuda.

Darío no alcanzaba a comprender nada de lo que estaba sucediendo, así que se acercó a sus padres para preguntarles si le daban permiso para marcharse, pero se quedó helado al darse cuenta, tal como le dijera Hans, que no podían verle ni oírle.

- Oye, ¿Qué está pasando aquí? ¿Cuando podré volver a hablar con mis padres?

- Cuando haya finalizado nuestra historia.

- ¿Nuestra historia, qué historia?

- Ya te lo he dicho antes, necesito que me ayudes, tenemos que encontrar a mi hermano Mans que se ha perdido por donde viven los "No lo sé".

- No entiendo nada. ¿Quiénes son los "No lo sé"?

- Ya lo verás, ahora sígueme.Diciendo estas palabras Hans se introdujo en el agujero del árbol, pero al disponerse a seguirlo, Darío se dio cuenta de que el hueco era demasiado pequeño para él. Al cabo de unos segundos Hans volvió a salir del árbol bastante enfadado.

- ¿Pero qué esperas, no te he dicho que tenemos mucha prisa?

- Pero es que yo no quepo en ese agujero.

- Asómate y verás.

Diciendo estas palabras Hans se puso detrás de Darío y cuando éste se asomó le dio un gran empujón que hizo que el niño penetrara por el hueco. Al entrar en el árbol disminuyó su tamaño y ahora era tan bajo como el Gnomo. Empezaron a andar por una especie de túnel con muy poca luz y al cabo de unos minutos salieron al exterior. Ante ellos se levantaba un curioso lugar rodeado de montañas. Las casas no eran ni altas ni bajas, ni anchas ni estrechas, ni bonitas ni feas y no se veían ni muchas ni pocas.

-Esto es "No lo sé"Darío se quedó muy extrañado de que existiera un lugar con ese nombre. Mientras se dirigían hacia el centro preguntó:

-¿Qué es lo que hemos venido a hacer aquí exactamente?

-Ya te lo he dicho, tenemos que buscar a mi hermano que se ha perdido.

-¿Pero si está desorientado por qué no pregunta? Seguro que alguien sabrá indicarle cómo salir de aquí.Mientras el niño hablaba un aldeano se acercaba a ellos por el camino. Era un hombre alto, vestía una camisa a cuadros verdes, amarillos y rojos; un pantalón azul claro; un calcetín marrón y otro negro y calzaba una zapatilla deportiva en un pie y un zapato en el otro. Darío pensó que iba vestido como un payaso.

-Hola.- le dijo.

-Hola.-Yo soy Darío y él Hans, ¿cómo te llamas?

-No lo sé.

-¿Eres un payaso?

-No lo sé.

-¿Por qué vas vestido así?

-No lo sé.

-Estamos buscando al hermano de Hans, un gnomo llamado Mans, ¿sabes dónde podemos encontrarlo?

-No lo sé.Darío empezaba a enfadarse al no comprender por qué aquel individuo no contestaba a ninguna de sus preguntas. A lo mejor es que era tonto o quizás no alcanzaba a entender su idioma. Así que probó de otra forma.

-Él Hans - dijo señalando al gnomo, - Yo Darío – apuntando su propio cuerpo con el dedo y luego lo señaló a él. Entonces el individuo dijo:

-Yo me llamo Filonosé.

Entonces ayudándose con gestos le preguntó:

-¿Tú saber dónde encontrarse Mans?

-No lo sé.

-¿Pero tú comprenderme a mí?

-No lo sé.Viendo que Darío se estaba desesperando, Hans se decidió a intervenir:

-Gracias Filonosé por tu ayuda, adiós.

- De nada, adiós.

Cuando el extraño ya se había alejado unos pasos el gnomo dijo:

- Ahora ya sabes por qué este sitio se llama "No lo sé". Antes no he tenido tiempo de contarte que éste es un lugar muy peculiar. Te has fijado que las casas están construidas de una forma extraña, es porque no sabían como hacerlas. Has visto como iba ese hombre, se ha vestido así por no saber qué ponerse. No ha respondido a tus preguntas porque no sabía qué contestarte. Debes saber que aquí, cuando hablas con la gente, no puedes efectuar preguntas porque siempre contestan no lo sé.

- Pero entonces, ¿cómo encontraremos a tu hermano?

- Hay que utilizar el ingenio, intentaremos obtener información de la gente sin formular preguntas. Hay otra cosa importante que también debo contarte. Sobre este lugar pesa un encantamiento y cualquiera que diga tres veces "no lo sé" queda hechizado, ya no sabe nada y se convierte en un ciudadano más del pueblo. Eso es lo que le ha pasado a mi hermano y por ello no puede volver a casa, ya no sabe salir, ni hablar sin hacer preguntas, etc.. La única forma de salvarlo del conjuro es haciendo un triángulo mágico.

Yo conozco la fórmula pero para formar esa figura tenemos que ser tres, por eso te necesito. Ahora debemos dividirnos, yo iré hacia la izquierda y tú a la derecha. Toma este silbato, si encuentras a Mans, tócalo y yo acudiré enseguida, pero recuerda: no digas "no lo sé". Que tengas suerte.

- Hasta luego.Cada uno se marchó por su lado. Darío, mientras caminaba, iba pensando en cómo interrogar a la gente pero sin hacer preguntas. Al cabo de dos minutos se encontró con una mujer, vestida tan estrafalariamente como Filonosé.

- Hola, buena mujer, estoy buscando a un amigo mío, un gnomo que se llama Mans y he pensado que quizás pueda usted darme alguna indicación que me ayude a encontrarlo.

- ¿Como iba vestido? - preguntó la mujer.

- No lo sé. Ay...Al contestar Darío se dio cuenta de que acababa de caer en la trampa al pronunciar las palabras mágicas, en caso de repetirlas dos veces más quedaría encantado. Era fundamental que tuviera más cuidado. Entonces se puso nervioso y le preguntó a la mujer:

- ¿Pero le conoce o no?

- No lo sé.

- ¿Piensa ayudarme?

- No lo sé.

- Bueno, adiós.

Adiós.Darío se sentó entonces encima de una gran piedra del camino y pensó en tranquilizarse porque de no conseguirlo era imposible encontrar al gnomo. Además ésta misión era peligrosa. ¿Y si se le escapaban las palabras encantadas tres veces? ¿Cómo sabrían sus padres dónde estaba? ¿No volvería a verlos más? Esta idea le entristecía. Pero ahora necesitaba apartar esos pensamientos de su mente para poder cumplir la misión encomendada y para ello era imprescindible estar concentrado.

Empezó a reflexionar sobre cómo hacer las preguntas, sin formularlas y la manera de contestar sin utilizar las palabras encantadas. Después de preparar su estrategia, salió al encuentro de un transeúnte. Encontró un hombre que no era ni joven ni viejo y que también iba vestido muy raro, se acercó a él y le dijo:

- Buen hombre, deseo que me ayude a encontrar a mi amigo el gnomo Mans porque tengo que darle un recado.

- ¿Cómo va vestido?

- La verdad es que no lo puedo asegurar, quizás como usted.

- ¿Sabes si usa sombrero?

- No, no lo ... puedo asegurar, puede que sí, puede que no.

- ¿Cuál es su apellido?

- No lo ... recuerdo.

- Me parece que me estás hablando de uno que vive en la casa rosa, cuatro calles hacia arriba y una a la derecha. Intenta encontrarlo allí.

- Gracias señor.Darío se fue de allí muy contento por haber sabido controlarse muy bien y se encaminó hacia la casa rosa que le indicó el hombre. Por el camino tropezó con una pelota cuadrada que un niño trataba de encestar en una canasta que también era cuadrada. El chiquillo aprovechó para preguntarle:

- ¿Qué hora es?Y Darío, que no llevaba reloj, le contestó:

- No lo sé, lo siento.Tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta que había vuelto a pronunciar las palabras mágicas.

- Dios mío, qué rabia, las he vuelto a decir. Si las pronuncio nuevamente tendré que quedarme a vivir aquí para siempre. Qué horrible debe ser estar en un sitio en el que cada vez que preguntas algo te contestan lo mismo. Además, si me quedara aquí me iba a ser imposible convertirme en contestador.

Darío siguió caminando en busca de la casa rosa. De vez en cuando se agachaba para no chocar con los tendederos que estaban en las aceras. Cuando llegó a la cuarta calle giró a la derecha y al dar unos cuantos pasos se encontró con una casa pintada de rosa. No era ni grande ni pequeña. Se acercó buscando el timbre para llamar. Después de mucho explorar lo encontró en un rinconcito abajo de la puerta, a la derecha.

- Vaya sitio más curioso para poner un timbre - pensó.

Al oprimir el botón se escuchó un sonido extraño, algo así como: cucurrucu. La puerta se abrió, aunque no se veía a nadie. Darío se quedó boquiabierto al encontrarse con el cuarto de baño, la verdad es que no pasa a menudo que en la entrada de la casa esté el lavabo. También le sorprendió la posición de la bañera, que estaba colocada en la pared en lugar de estar en el suelo, y se preguntó cómo lo harían para bañarse sin que se cayera el agua. Continuó hacia delante para encontrarse con otra puerta, al abrirla entró en la cocina.

Esta vez no se asombró al ver la puerta del frigorífico totalmente abierta. Finalmente dio con el comedor. Había un mueble muy grande y arriba del todo, tocando el techo, estaba el televisor. Sentado en el suelo, encima de un cojín, un hombrecillo hacía esfuerzos para intentar ver la televisión. Lo más curioso era que como no tenía mando a distancia, cada vez que quería cambiar de canal tenía que subirse a una escalera.

- Hola, me llamo Darío, ¿tú eres Mans?

- No lo sé.

- Es verdad, no tengo que hacer preguntas - recordó. - Pienso que si te llamas Mans podrías decírmelo ya que te estoy buscando.

- Sí, yo soy Mans. ¿Sabes qué hora es?

- No, pero no debe ser muy tarde. Estoy ayudando a tu hermano Hans que te está buscando.

- ¿Dónde está Hans?

- No ... te lo puedo decir ahora, pero voy a llamarle.

Dicho esto Darío salió al exterior de la casa para utilizar el silbato que le entregara Hans, pero por más que soplaba no conseguió que saliese de él ni una sola nota. Pensó entonces que no funcionaba, lo guardó de nuevo en su bolsillo para volver a entrar en la casa y preguntarle a Mans si él también tenía uno.

- Mans, este silbato no funciona, ¿tienes tú uno?

- No lo sé.Dándose cuenta de su equivocación intentó reformular la pregunta:

- He pensado que si tuvieras un silbato como éste, me lo podrías dejar para llamar a tu hermano.
- El que tienes es el mío ¿Crees que Hans tendrá sed cuando venga?

- No... me lo preguntes a mi.A punto estuvo de meter la pata, suerte que se dio cuenta antes de acabar la frase.

- Pero tu hermano no vendrá porque el silbato no funciona.

- Quien ha dicho que no va - respondió una voz desde la cocina.

- Hans, eres tú, que alegría me da verte, pero ¿cómo has sabido que estábamos aquí?

- Tú me llamaste, pero olvidé decirte que el silbato funciona a una frecuencia muy baja que sólo los gnomos podemos oír.Cuando Hans y Mans se vieron, se situaron el uno en frente del otro y empezaron a frotarse la nariz. Darío se quedó un poco extrañado al ver este tipo de saludo, aunque ya lo viera en la serie de dibujos animados de David el gnomo que hacían en la tele.Después Hans los reunió para hacer el triángulo mágico. Se dieron la mano y se situaron formando la figura, entonces Hans pronunció las palabras mágicas:

- Que las preguntas se vuelvan respuestas; que los no sé se transformen en saber, que la razón nos abra las puertas y que Mans vuelva a ser él.La primera reacción de Mans al verse liberado del encantamiento, fue la de mirarse con extrañeza.

- ¿Pero que hago yo vestido de esta forma tan estrafalaria? ¡Madre mía, si me vieran mis amigos se reirían de mí!Su hermano le explicó entonces lo sucedido y luego buscó su ropa en el armario. Después que Mans se vistiera, los tres salieron de la casa dispuestos a abandonar ese lugar lo más rápido posible. Cuando ya estaban en las afueras Hans dijo:

- Quiero darte las gracias por tu ayuda, sin ti no hubiera podido salvar a mi hermano. En agradecimiento te dejaré que conserves el silbato de Mans y si algún día me necesitas, no tienes más que soplar y yo acudiré. Ahora debes volver con tus padres. Adiós gran amigo.

- Estoy muy contento de haberos conocido y esta aventura me ha encantado. Espero que volvamos a encontrarnos pronto. Adiós.Diciendo esto Hans y Mans juntaron sus narices con la de Darío y se la frotaron en señal de amistad. Después el niño entró en el mismo árbol del que había salido y pasó por el túnel hasta llegar al otro lado.

- Darío, cariño, despierta que se está haciendo tarde.

- ¡Mamá, papá!, he vivido una aventura fantástica con unos gnomos que eran hermanos y se llamaban Hans ...

- Y Mans, ya lo sabemos hijo, es el cuento que te estaba explicando tu padre cuando te has quedado dormido.

- ¿Quieres decir que todo ha sido un sueño? No puede ser, era demasiado real.

- Claro hijo, recuerda que estamos en el bosque encantado.Darío se quedó pensativo, cogiendo su mochila se la cargó a la espalda. Siguieron la excursión, pero ya nada era como antes, estaba demasiado emocionado con lo vivido para fijarse en nada más. Esa tarde continuaron descubriendo rincones preciosos y disfrutando de la naturaleza, incluso encontraron a dos encantadoras ardillas. Eran sus animalillos preferidos, pero en aquellos momentos no consiguieron llamar la atención del niño. Cuando empezaba a oscurecer reemprendieron el camino de vuelta a casa. Una vez allí Darío se fue a duchar y cenó. Antes de acostarse su madre le dijo:

-Cariño, pon lo que llevabas hoy en el canasto de la ropa sucia, pero acuérdate de vaciar los bolsillos, que la última vez lavé tu pantalón tejano con una canica y, con los golpes, la lavadora sonaba como una orquesta en plena actuación.

- Esta bien mamá, ahora mismo lo hago.Darío empezó a vaciar los bolsillos de su pantalón: en el de atrás había una nuez que olvidó dar a las ardillas; en el delantero-izquierdo el pañuelo y en el delantero-derecho no recordaba haber guardado nada pero en cambio notaba un bulto.

Introdujo la mano con bastante interés, ya que deseaba saber lo que había olvidado. Su sorpresa fue de campeonato por lo que encontró. ¡Dios mío, es el silbato de Hans y lo tengo en la mano! O sea que no ha sido un sueño, ha pasado de verdad, la aventura ha sido real, puesto que el silbato también lo es.

Éste cuento está pensado con tres posibles finales distintos, así que os animo a escoger el que más os guste.

Primer Final :Darío tuvo la intención de ir corriendo a contárselo a sus padres, pero pensó que tal vez no lo entenderían o no se lo iban a creer, que aún sería peor. Así que decidió guardárselo debajo de la almohada y no decir nada.

Segundo Final :Darío fue corriendo a enseñárselo a su padre, pero éste le confesó que fue él quien se lo puso en el bolsillo mientras estaba durmiendo en el bosque.

Tercer Final :Como Darío pensaba que no le creerían, utilizó el silbato para hacer venir al gnomo Hans y luego se lo presentó a sus padres para que vieran que la aventura con los "No lo sé" había sido real.

Tristán Llop

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El niño que no quería ir al colegio

Cuento 6

Darío estaba llevando a cabo su gran ilusión: aprender mucho en muy poco tiempo. Además iba descubriendo mundos diferentes.

A veces le costaba comprender lo que le decía Yliel, pero también le pasaba con lo que le contaban los mayores o con las lecciones de la escuela.

Entonces se acordaba de una frase que su maestra le repetía a menudo: "no te preocupes que más adelante lo entenderás".

Un día que pensaba en estas cosas, oyó una voz:

-Hola, ¿te lo has pasado bien con Hans y Mans?Tuvo el impulso de preguntar cómo se había enterado, pero no lo hizo al recordar que en el mundo de Yliel todo se sabe.

-Me cuesta acostumbrarme a que lo sepas todo, ¿no se te escapa nunca nada?

-Sólo veo aquello que quiero ver. Si me concentro y pienso en alguien entonces puedo saber dónde está y qué hace.

-Ahora yo estoy en tu mundo ¿no?

-Sí, claro.

-Por lo tanto si me concentro, ¿también puedo verlo todo?

-En principio sí, pero necesitas práctica.Darío se concentró pensando que quería ver a su amigo Antonio y al cabo de unos minutos lo visualizó jugando, columpiándose en un parque.

-Lo he visto, lo he visto-,dijo excitado -está en el parque. Pero ¿qué hace en el parque a esta hora?-preguntó con extrañeza al ser consciente de lo que acababa de ver.

-Lo mismo que tú estás haciendo aquí conmigo. Antonio está soñando que ha ido al parque, mientras que tú sueñas que hablamos.Darío estaba un poco confuso, porque eso de estar en dos sitios a la vez le resultaba chocante y difícil de comprender.

-Pero, ¿yo estoy en mi cama o hablando contigo? es decir, ¿si mamá viene a mi habitación, ¿me verá?

-Sí, claro que te verá.

-Entonces ¿cómo puedo estar manteniendo esta conversación contigo al mismo tiempo?

-Ya te dije el primer día, éste es un tema muy complejo que ni siquiera los mayores comprenden, aunque actualmente ya hay científicos que lo estudian y pronto os darán respuestas revolucionarias. Lo único que necesitas saber es que existe otro mundo al que te trasladas cuando duermes, pero sin tu cuerpo físico y donde las cosas son tan reales como las que vives cuando estás despierto.

Darío pensó que Yliel ya estaba volviendo a hablar como los mayores, que cuando no saben explicar una cosa utilizan palabras extrañas para que no sigas preguntando. Como no entendía mucho, prefirió cambiar de tema.

-¿Qué te pasó con el niño que no quería ir a la escuela?

-Ese fue un caso muy curioso. Una vez Gabriel me encargó que viniera a la tierra para ayudar a un niño que se llamaba Txungó; su casa estaba en el sur del Japón, en Kunsan, un pueblo costero.

-Vaya nombres más raros-.Exclamó divertido el chico.

-Seguro que para un japonés Darío sonará también muy extraño.

-¿Fueron sus padres quienes te llamaron?

-Pues no, sorprendentemente fue un amigo suyo llamado Fujimoto que estaba muy preocupado por su salud. Txungó se había adelgazado seis kilos en las últimas dos semanas.

-¿Qué enfermedad tenía?

-En realidad no es que estuviera enfermo, sino que su cuerpo rechazaba los alimentos. Cada vez que intentaba tragar algo, automáticamente lo devolvía, por lo que se estaba adelgazando de una forma alarmante. Sus padres lo llevaron a consultar a varios médicos, pero éstos no detectaron dolencia alguna.

-¿Y qué tenía?

-Cuando llegué a su lado me di cuenta que su problema era su renuncia a ir al colegio y lo de los vómitos su excusa.

-Quieres decir que vomitaba a propósito.

-No, pero su miedo a que le obligaran a ir a la escuela era tal, que sólo con pensar en ello le venía ganas de devolver.

-Pero, ¿qué le hicieron en el colegio?

-No se trataba de lo que le habían hecho, sino de lo que él pensaba que le iban a hacer. Txungó llevaba varios días teniendo pesadillas, soñaba que varios niños, con los que no se llevaba demasiado bien, le preparaban una serie de trampas:Un día soñó que al llegar al colegio lo colocaban en un saco y después de darle algunos golpes lo encerraban en el lavabo. Tras conseguir liberarse del saco se encontró con una enorme serpiente de cascabel. Se escondió en uno de los retretes pero la serpiente se coló por debajo de la puerta. En el momento que sacaba su bífida lengua con gesto amenazante, se despertó empapado en sudor y pidiendo socorro.

-Qué angustia ¿no?

-Pues al día siguiente soñó que estaba en su clase y cuando el director entró, todos los niños se levantaron para saludar (en Japón, cada vez que entra en un aula una persona mayor, es una costumbre y una señal de buena educación saludar de pié, inclinando el cuerpo y la cabeza,) pero Txungó no pudo hacerlo porque le pusieron pegamento en la silla y le fue imposible incorporarse.
Así que cuando el director se marchó, su profesor le impuso un castigo: quedarse después de clase a copiar doscientas veces: no seré un maleducado. Se quedó sólo y mientras copiaba la frase notó un cosquilleo en los pies. Al mirar vio horrorizado que una legión de hormigas rojas se acababan de comer sus zapatos. Estaban por toda la clase, tragándose lo que encontraban a su paso.

El niño saltó por encima de las mesas para intentar llegar hasta la puerta, pero ya se habían comido las que se encontraban más cercanas a la salida. Se dirigió hacia las ventanas. Su aula estaba en el primer piso, por lo tanto la altura no era demasiado grande, si saltaba, como máximo podía romperse una pierna. Pero en las ventanas estaban reforzadas con rejas. No había escapatoria posible y las hormigas continuaban comiéndoselo todo. Se despertó dándose golpes en las piernas para matarlas.Otra noche, soñando que llegaba al colegio, en la entrada encontró a varios compañeros, pero no le saludaron.

Pensó que tendrían prisa o que estaban aún medio dormidos. En clase, al sentarse, saludó a su compañero de mesa, pero tampoco hubo respuesta. Empezaba a preocuparse e hizo memoria para recordar lo sucedido el día anterior, ya que era extraño que nadie quisiera dirigirle la palabra, pero no hallaba nada especial. En un momento de la clase el profesor hizo una pregunta y como Txungó conocía la respuesta, levantó rápidamente la mano, pero el maestro hizo como si no estuviera. Entonces se levantó de la silla y dijo:

-Profesor, yo sé la respuesta.

-Fue entonces cuando, alarmado, se dio cuenta de que los demás no podían verle ni oírle, era invisible, como si no existiera. Si hubiese sido un buen sueño, tal vez se hubiera divertido durante un rato siendo invisible, pero como se trataba de una pesadilla, empezó a angustiarse y a tener miedo pensando que sus padres tampoco se apercibirían de su presencia, así que fue corriendo hacia casa y se despertó gritando:

-Mamá, ¿me ves, me oyes?

-Pues a mí sí que me gustaría ser invisible alguna vez -dijo Darío -debe ser muy guay.

Yliel continuó su relato:

-Pero lo peor vino cuando soñó que tenía un examen de educación física. Txungó era un chico bastante ágil y se le daba bien la gimnasia. En su clase había una chica que le gustaba mucho llamada Michikita, y estaba dispuesto a demostrarle que era el mejor. Para conseguirlo estuvo entrenándose durante mucho días.

Los ejercicios empezaron con el salto de altura en el que pudo lucirse. Después el de longitud, quedó segundo. A continuación el de potro, tuvo una actuación impecable. Finalmente, después de varios ejercicios, la carrera de los cien metros. Corrió tanto que casi se come la cinta de llegada. Michikita no le quitaba la vista de encima. Sin duda era el día más feliz de su vida. Había quedado el primero en muchas pruebas y sus compañeros decidieron lanzarlo hacia arriba, como se hace con los campeones. Pero uno de ellos tenía una pequeña cuchilla y sin que nadie se diera cuenta, le hizo un corte alrededor de los pantalones.

Cuando lo lanzaron Txungó miraba como Michikita le estaba sonriendo desde la primera fila. Entonces sucedió algo terrible. el pantalón y los calzoncillos se le cayeron al suelo y se encontró en el aire desnudo. Todo el mundo pudo verle, sobretodo Michikita que se marchó del patio avergonzada. El pobre Txungó no sabía en donde esconderse. Ese rato tan desagradable hizo que se despertara rojo como un tomate y agarrado al pantalón del pijama.

Así que una noche tras otra soñaba cosas extrañísimas relacionadas con la escuela. Empezó a tener miedo a que aquello le sucediera de verdad. Por las mañanas se indisponía y vomitaba el desayuno. Curiosamente cuando se encontraba mejor era los fines de semana, por no tener colegio.

-Pobre chico, pero, ¿por qué tenía tantas pesadillas? ¿nunca soñaba nada divertido?

-Txungó era muy aficionado a la lectura y su amigo, Mikymata, le había dejado una colección de cuentos de terror, que él estaba leyendo con mucho deleite. Pero estos relatos contienen una trampa, están dominados por mi eterno rival: El Pesadilla. El camelo consiste en que cuando empiezas con esas lecturas no puedes dejarlas, porque entusiasman. Y cuanto más lees, más pesadillas tienes. La única forma de acabar con el problema es dejar de leerlos.

-¿Cómo hiciste para ayudarle?

-No fue nada fácil. No me está permitido penetrar en el reino de las pesadillas y para hablar con Txungó necesitaba que se durmiese sin haber leído ningún relato de terror. Decidí dirigirme hacia su madre para decirle, en sueños, que el origen del problema de su hijo estaba en los cuentos que le había prestado Mikymata. Yo no contaba con que El Pesadilla se imaginara mi estrategia y esa noche le dijera a Txungó que escondiera los cuentos para que no los encontraran.

A la mañana siguiente, cuando la madre fue a retirarle los libros, el niño mintió diciendo que ya los había devuelto.Me encontraba ante un enemigo muy listo, por lo que estaba obligado a variar mi estrategia. La cuestión era conseguir que se durmiera sin haber leído antes. Después de mucho pensar se me ocurrió otro plan.

El padre era pescador y de vez en cuando se llevaba a la familia a pasear en la barca. A Txungó le gustaba mucho pescar. Así que por la noche me introduje en los sueños del hombre y le sugerí que organizase una salida al mar. A la mañana siguiente se levantó a la salida del alba e hizo todos los preparativos. Cuando el resto de la familia se despertó, les comunicó que saldrían a pescar. El niño estuvo muy contento, pero su madre prefirió quedarse en casa para acabar trabajo atrasado.

El padre terminó de ultimar los detalles mientras su hijo desayunaba. Cuando Txungó estuvo en la playa pudo ver la barca a cierta distancia. Se echó al agua y en un abrir y cerrar de ojos estaba a bordo, ya que era muy buen nadador.En altamar el niño preparó la caña y se dispuso a pescar. Mientras, me puse de acuerdo con un gran atún que nadaba por los alrededores para que picase el anzuelo y resistiese el máximo posible con tal de agotar al muchacho. Así, al cabo de un rato Txungó dijo:

-¡Papá, papá! ¡Han picado, han picado!

-Muy bien hijo, sujeta con fuerza la caña y tira lentamente hacia la barca para coger el pez con la red.

-Debe ser enorme, porque casi no puedo con la caña.

-Sujeta fuerte, hijo, que enseguida te ayudo.-En cuanto el pescador se acercó a su hijo, el atún soltó el anzuelo.

-Se ha escapado, papá.

-Bueno, no te preocupes, ya picarán otros.

-Aquel era un magnífico día de verano y Txungó no olvidó ponerse la gorra. Así que a media tarde, cuando el sol ya no calentaba tanto, solicité ayuda a mis amigas del aire, las Sílfides, para que levantasen el viento suficiente para hacer que volase la gorra, con el objetivo de que el sol acabase de cansar al muchacho. Como siempre se mostraron encantadas de auxiliarme y con una ráfaga se llevaron la gorra lejos de la barca. A medida que pasaban las horas el niño estaba cada vez más cansado, pero ni así llegaba a dormirse.

Por lo tanto no me quedó más remedio que solicitar los favores de las Ondinas que, con unas suaves olas, mecieron la embarcación, como si se tratase de una cuna, consiguiendo por fin que el chico se durmiera. Después de introducirme en sus sueños, le expliqué lo que había sucedido a causa de sus lecturas y le convencí de que ninguna de sus pesadillas iba a convertirse en realidad. Al final se ganó como premio un fantástico sueño a un gran parque de atracciones para borrar el recuerdo de lo vivido en los últimos días.

-Jo, qué cara -se le escapó a Darío.

-De regreso, vieron la gorra flotando y la recogieron con la red. Al llegar a su casa explicó a sus padres el sueño, pidió disculpas a su madre por haberle mentido sobre los cuentos y se los entregó todos. Después dijo que tenía mucha hambre.

El lunes siguiente volvió a ir al colegio sin ningún miedo.

-Pero ¿qué pasó con El Pesadilla? ¿no se enfadó?

-Se puso hecho una fiera. Cuando supo que ya no podía dominar a Txungó, estuvo gritándome una serie de palabras malsonantes que no es necesario que te repita, y se marchó, dejando un rastro de olor a podrido, a buscar a otra víctima de sus cuentos.

-¿Tú qué hiciste entonces?

-Cumplida ya mi misión, me fui a reposar.

-¿Pero los ángeles también descansan?

-Claro! Igual que te sientas en un sofá o te estiras en una cama, yo me coloco encima de una nube, que son muy cómodas ya que siempre se adaptan a la forma del cuerpo.

-Oye, ¿Cómo os divertís en tu mundo?

-Te lo explicaré otro día porque hoy se nos ha acabado el tiempo. Adiós.

-Adiós.Darío se quedó con las ganas de saber qué hacen los ángeles para pasárselo bien.

-Seguro que tienen castillos llenos de fantásticos juguetes, parques acuáticos con todo tipo de toboganes y grandes ferias con muchas atracciones a las que puedes subir tantas veces como quieras y gratis. Quizás Yliel me lleve con él a estos sitios.

Mientras Darío disfrutaba de sus pensamientos, la madre se acercó para despertarlo.

-Buenos días, cariño.

-Buenos días mamá, ¿qué nota te pusieron en el examen?

-Un notable.

-¡Lo sabía, lo sabía! -dijo muy contento encaminándose hacia la ducha.

El padre, que había oído la conversación se dirigió a su mujer:

-¿Te acuerdas que te dije que pediría informes sobre aquella empresa con la que estaba negociando? resulta que todo era fachada. En realidad no tienen liquidez y deben mucho dinero a los bancos. Si no hubiera sido por Yliel es probable que hubiera metido la pata.

-Me parece que este ángel está empezando a formar parte de la familia.

-Mamá, ¿me has preparado la bolsa? -interrumpió el niño.

-No, Darío. La tienes que preparar tú. Ya sabes donde están tus cosas de piscina. No olvides ponerte el bañador y coger una muda.

Tristán Llop
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Un día en el parque acuático

Cuento 7

Esta prometía ser una jornada muy emocionante para Darío, iba con sus compañeros de clase al parque acuático.

Como a gran parte de los niños, le encanta el agua y si, como en este caso, va acompañada de grandes toboganes, mejor.

Una vez en el colegio, mientras esperaban el autocar que iba a llevarles a Agualandia, la maestra aprovechó para explicarles las normas de comportamiento en este tipo de parques:

-No hay que correr, el suelo está mojado, podéis resbalar y haceros daño. Evitad los empujones. Mantened una distancia de seguridad con el que baja del tobogán delante vuestro. Está prohibido tirarse de dos en dos.

Es peligroso detenerse en medio de un tobogán. Y lo más importante: debéis seguir en todo momento las indicaciones de los monitores del recinto.

Hay que reconocer que pocos niños prestaban atención a su maestra. La mayoría estaba ideando planes. Formaban grupos, decidiendo el orden en el que se tirarían, pensando qué bromas gastar a los demás, etc.

Darío se juntó con sus mejores amigos, pero como se fijaba en todo, vio a Irene sola al fondo de la clase. Era una chica retraída que no acostumbraba a jugar con los demás. Antes de conocer a Yliel, Darío no le hubiera hecho caso. Pero con el ángel había aprendido que para ser contestador es necesario “escuchar” todo lo que sucede a tu alrededor. Así que acercándose a Irene le preguntó la razón por la que no se había integrado a ningún grupo, y su respuesta fue que nadie la invitó. Entonces le propuso unirse al suyo.

El resto de la cuadrilla no estaba muy conforme (ellos nunca hablaron con un ángel), pero la aceptaron con resignación.

Por fin llegó el autocar y partieron. Irene y Darío se sentaron juntos y durante el viaje la muchacha le explicó su vida:

-Vivo cerca de un bosque lleno de árboles muy grandes y me gusta pasear. Una tarde, mientras observaba una ardilla, conocí a un personaje muy curioso. Me dijo que era un gnomo y se llamaba Plous. Empezó a explicarme historias maravillosas sobre el bosque y sus habitantes. Desde aquel día, siempre que tengo oportunidad lo visito. Hemos pasado juntos momentos inolvidables.

Irene también le dijo que cuando lo explicó a sus compañeros se rieron de ella y esa fue la razón por la que jugaba sola, sin relacionarse con los demás.

A Darío le gustaron las aventuras de su compañera y aprovechó para hablarle de Yliel. Se dio cuenta que gracias a su interés por “escuchar” había conseguido una nueva amistad, con la cual compartir ilusiones y secretos. Inmersos en la charla el viaje se hizo muy corto.

La entrada a Agualandia fue complicada. Los chicos estaban tan ansiosos por bañarse que no se mantenían un instante sosiegos. El señor de la taquilla no consiguió contarlos, hasta que la maestra se enfadó y los puso en fila india. Tardaron más de media hora en poder entrar.

Cuatro carriles y una pendiente considerable formaban el primer tobogán. Allí hicieron su primera acrobacia: Antonio bajó de rodillas; Víctor de espaldas; Irene de cabeza y Darío lo intentó de pie. Evidentemente se cayó provocando que le llamara la atención el vigilante de aquella zona. Después se dirigieron hacia otro tobogán con forma de ocho.

-¡Qué pasada!

-dijo Antonio al sacar la cabeza del agua llegando al final.

-¡Ha sido tope! -gritaba Irene al secarse la cara.

-A mí me ha dejado magullado

-,comentó Víctor.

-¡Súper guay! -acabó diciendo Darío.

La siguiente etapa los condujo hacia el llamado río salvaje, un tobogán de cuatro fases por el que se bajaba con unos enormes neumáticos hinchables. La fuerza del agua provocaba constantes choques contra las paredes, lo cual hacía más divertida aquella atracción, aunque no dejaba de esconder cierto riesgo.

-Ésta ha sido bestial! Me he hecho sangre-, se quejó Darío mientras miraba la herida de su rodilla-. En el último tramo he chocado muy fuerte contra la pared. Voy a ver si me curan, sino dejaré las piscinas rojas.

Mientras sus amigos repetían en la misma atracción él fue hacia la enfermería. Allí una chica muy amable le rogó que esperara un momento, porque estaban atendiendo una torcedura. Vencido por el cansancio, Darío se quedó adormilado. Entonces una voz familiar le dijo:“

-Ve a la piscina de olas a salva una niña…,a la piscina de olas…, a la piscina de olas".Se despertó sobresaltado y, sin pensarlo dos veces, fue corriendo hasta la piscina de olas. Alerta, se puso a mirar a un lado y a otro, hasta que en una esquina alcanzó a ver una mano que se hundía en el agua. Buscó rápidamente al vigilante de la piscina. Éste conversaba con una turista. Darío empezó a chillar:

-¡Que se ahoga!, ¡Que se ahoga!, ¡Aquella niña, rápido!,

- señalaba con el dedo índice.

El vigilante saltó de su silla como si tuviera un muelle en el culo. Se lanzó al agua con gafas de sol, camiseta y zapatillas. Al cabo de unos segundos salía a la superficie con una niña en los brazos. No aparentaba más de cuatro años y en su cara se reflejaba el susto vivido, pero estaba tosiendo y escupiendo agua, señal inequívoca de que estaba salvada. Al momento la gente se arremolinó a su alrededor. Darío, que no aprecia en exceso las muchedumbres, aprovechó la ocasión para volver a la enfermería. Su rodilla ya no sangraba pero consideró mejor que se la desinfectasen, al recordar que su madre siempre le dice que en las piscinas públicas hay muchos microbios. Cuando ya le tocaba el turno llegó la niña que estuvo a punto de ahogarse para que le hicieran una revisión. Mientras la madre hablaba con el médico ella dijo:

-Hola, me llamo Loira y ¿tú? Darío.

-¡Eres quien me ha salvado la vida!.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo ha dicho un ángel. Se me apareció cuando estaba ahogándome y me dijo que no me preocupara, que Darío me iba a salvar. Se lo comenté a mi madre, pero no dejó repetirme que ha sido el vigilante de la piscina que se llama Juan, hasta que se enteró que él se había tirado al agua al oír los gritos de un niño.

-Yliel, seguro que ha sido cosa de él -, murmuró Darío.

-Mira mamá, éste es el niño que me ha salvado.La madre lo abrazó agradecida mientras dejaba caer unas lagrimas de alegría.

-¡Dios mío!, Acabas de salvar a mi hija, ¿puedo hacer algo por ti? ¿Necesitas algo? Pero, ¿qué estás haciendo aquí?

-Dijo dándose cuenta que estaban en la enfermería

-¿Te has hecho daño?

-No, no se preocupe señora, se trata de un rasguño sin importancia.Después de finalizar la revisión a Loira, y habiendo comprobado que se encontraba perfectamente, por fin curaron la herida de Darío que pudo volver junto a sus amigos.

-Has tardado mucho-, le recriminó Irene -hemos subido a la serpiente de cascabel, ¡es súper guay!, das dos vueltas en zig-zag para salir disparado hacia un tubo que te lanza haciendo que caigas de bomba a la piscina.

Después de esta explicación, Darío no pudo resistirse. Fue a tirarse enseguida varias veces por la serpiente de cascabel. La siguiente etapa les llevó a la piscina de burbujas, donde el continuo movimiento del agua estimulaba las ganas de hacer pipí.

-Voy al lavabo, dijo Darío a sus amigos. Por el camino se encontró con una niña que lloraba.

-¿Qué te ocurre? ¿Por qué lloras?

-He perdido a mi hermano pequeño, le dije que me esperara mientras me tiraba por éste tobogán y cuando regresé ya no estaba.

-¿Has ido a información para que lo llamen por los altavoces?

-Sí, y ya lo han hecho varias veces, pero no aparece-,contestó la niña llorando desconsoladamente.

-¿Cómo se llama?
-Eric-No te preocupes que yo también lo buscaré.

Darío decidió ayudar a la niña pero antes necesitaba hacer pipí. Justo cuando llegó a la puerta de los lavabos más cercanos, la señora de la limpieza le dijo:

-Estos servicios permanecerán cerrados durante unos minutos, lo mejor es que vayas a los que se encuentran cerca de la puerta de entrada.El chico se quedó pensativo. Si bien era cierto que podía aguantarse durante unos minutos más, resultaba extraño que le cerrasen los lavabos en aquel preciso instante. Además no alcanzaba a comprender por qué aquella señora lo enviaba a los que estaban al otro lado del recinto, si había algunos más cerca. “Yliel dice que tengo que “escuchar” lo que sucede en mi entorno, así que seguiré el consejo de la señora de la limpieza” -se dijo.

Cuando llegó, lo primero que hizo Darío fue descargar su bufeta, porque estaba a punto de ocurrir una desgracia. Al acabar, percibió como un ruido, un lamento, que provenía del único retrete con la puerta cerrada. Se acercó mientras preguntaba:

-¿Hay alguien? ¿Necesita ayuda?Estalló entonces claramente el lloriqueo de un niño pequeño.

Algo en su interior se lo hizo saber, entonces preguntó:

-¿Eric, eres tú?

-Sí, me quedé encerrado. Ayúdame, no puedo abrir la puerta. -dijo con voz entrecortada.

Darío cogió una silla que había en la entrada, y tras subir en ella se encaramó a la puerta. De un salto entró, cayendo sobre la taza del water, sin poder evitar que una de sus zapatillas se introdujera dentro.

-¡Ecsss! -Dijo al recuperarla con dos dedos, poniendo cara de asco y tirando de la cadena.

Después de dejarla en el suelo, consiguió abrir el pestillo encallado. Al salir abrazó con fuerza a Eric que estaba muerto de miedo. El pequeño le explicó.

-Quise cerrar como lo hacen los grandes, y después no pude abrir.

-¿Por qué no has gritado solicitando ayuda?

-¡Sí grité!, pero no vino nadie.

Darío limpió con abundante agua y jabón su zapatilla y después le acompañó a información. Al poco tiempo de avisarla por los altavoces, la hermana llegó corriendo muy sofocada. Abrazó y besó a su hermano y luego hizo lo propio con su salvador.

Sus amigos ya no estaban en la piscina de burbujas, los encontró en la de olas, esperando a que la pusieran en marcha.

-Oye, ¿dónde te habías metido? -Inquirió Víctor.

-He ido al lavabo.

-¿Te encuentras mal?, has tardado más de media hora.

-No, sólo he ido a hacer pipí.-contestó sonriendo.

quí huele mal, ¿no? -Dijo Irene arrugando la nariz.

Darío no pudo evitar una mirada hacia su zapatilla, pero al instante Antonio replicó:

-Mirad, el olor debe venir de aquella alcantarilla que están arreglando. Mejor que nos vayamos un poco más lejos.

El muchacho respiró tranquilo al ver que no era el origen de aquella pestilencia.

Después de la piscina de olas llegó la hora del almuerzo. El punto de reunión de la clase era la zona de picnic, donde se comieron. Por la tarde más piscinas, más toboganes, más diversión, hasta el momento de marchar.

Durante el viaje de vuelta no se oía un suspiro, los niños estaban reventados y en su mayor parte quedaron dormidos. Darío se dejó vencer por el sueño, rendido por las emociones vividas. Mientras descansaba la voz se le presentó nuevamente:"El autocar tiene una rueda pinchada, haz que se detenga o tendréis un accidente"Se despertó sobresaltado, intentando pensar con rapidez la manera de conseguir que el autocar se parara.

Era evidente que si le decía a la maestra o al conductor de parar el vehículo por tener una rueda pinchada, le harían volver a dormir pensando que aún estaba en brazos de Morfeo. No hablemos si les confesaba que la información se la daba un ángel, seguro que se lo llevaban al manicomio. Necesitaba inventar algo.

Al cabo de unos minutos, saltó del asiento gritando:

¡Ya sé qué puedo hacer!.Al oír los gritos, Irene que se sentaba a su lado, se despertó asustada.

-¿Qué pasa? ¿Te has hecho daño?

-No, no, sólo me estoy haciendo pipí-.Contestó Darío muy excitado.

-¡Señorita, tengo pipí!.

-Pero nos queda poco para llegar al colegio, ¿no puedes aguantarte?

-¡No, imposible, me lo haré en los pantalones!Al conductor, que lo estaba escuchando, le dio tiempo de replicar:

-Oye niño, no se te ocurra mancharme el autocar, hace dos días que limpié la tapicería, espera un momento que faltan pocos kilómetros para la próxima área de servicio.Enseguida llegaron. Renegando entre dientes, el conductor paró el autocar. Darío salió veloz hacia el lavabo, para hacerles creer que tenía pipí. Al regresar se fue directo hacia la parte posterior del vehículo, mientras el chofer gritaba exasperado:

-¡Pero niño, ¿se puede saber qué buscas?!, ¿Quieres subir de una vez?

-Oiga, señor, hay una rueda muy baja, me parece que está pinchada. La mirada de la maestra hizo que el hombre comprendiera que no podían marcharse sin comprobarlo.

-¡Qué gracioso que es este niño!, Primero el pipí, ahora con la rueda. ¡Vaya tela! ¡El meón nos ha salido mecánico! -iba quejándose el conductor con aire enfadado mientras se acercaba a Darío.

-¡Dios mío, es cierto! -exclamó al llegar

-Está pinchada. No quiero ni pensar lo que hubiera podido ocurrir si no nos hubiéramos parado. Chaval, parece que tu pipí nos ha salvado de una buena, ya podemos darle las gracias a tu “pichurrina”.Mientras el conductor hablaba, Darío ya se lo estaba agradeciendo, pero no a su aparato urinario, sino a quien evitó el accidente: Yliel.La maestra, después de hacer que bajaran los niños del autocar, llamó a la escuela para que comunicasen a los padres el retraso. El resto del camino Darío estuvo pensando en las aventuras de la jornada. ¿Se estaban despertando en él nuevas facultades?

En un solo día había salvado a una niña que se ahogaba, encontrado un hermano desaparecido y evitado un accidente de tráfico. ¿Todo se acababa aquí o podría seguir ayudando a la gente que lo necesitara? ¿Ser contestador le serviría para evitar desgracias? Eso de “escuchar funcionaba realmente. ¿Iba a estar Yliel siempre en contacto con él? Y, estando despierto, ¿podría llegar a conectar con el ángel?

El autocar llegó a su destino y Darío abrazando a sus padres les comunicó muy serio:

-Quiero hablar con vosotros, os tengo que contar muchas cosas, tengo infinidad de preguntas que me bailan en la cabeza.El niño explicó a continuación los sucesos del día y no pudieron evitar que se les pusiera la carne de gallina al oír el relato del autocar. A su madre se le escapó entonces un: "gracias Yliel", mientras alzaba la mirada al cielo. Después, Darío los puso al corriente de todas las dudas que tenía con respecto a su futuro.

- No te preocupes hijo, porque el tiempo irá indicándote lo que tienes que hacer. Creo que no es bueno que te inquietes, sino que desarrolles tus facultades poco a poco. Los consejos que te ha dado hasta ahora Yliel son muy buenos, no dudes en seguirlos, procura “escuchar” todo cuanto suceda a tu alrededor y ya sabrás cómo actuar en cada momento.

Al final el padre se quedó pensativo. Por primera vez hablaba a su hijo como si fuera una persona mayor. Cuando el chico ya dormía le comentó a su mujer:

-¿Te has dado cuenta cómo ha madurado en poco tiempo? Su relación con el Ángel lo ha transformado totalmente, ya no es nuestro pequeño. En ciertos momentos se diría que él nos educa a nosotros y no al revés. ¿No te parece?-Tienes razón. A veces me vienen ganas de pedirle consejo ¿Quizás nosotros también podríamos contactar con Yliel, no?

Tristán Llop
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Papá, mamá, ¿os cuento un cuento?

Cuento 8

Darío se fue a dormir muy cansado por el ejercicio realizado en ese día, y pensando en las peripecias vividas. Estaba tan inmerso en su mundo interno que hasta olvidó llamar a Yliel.

Esa noche tuvo dos sueños. En el primero se encontró jugando a fútbol de centro delantero con su equipo favorito. Transcurrido medio partido, en una jugada por la banda derecha, recibió, de uno de sus compañeros, un pase en profundidad y remató directamente a gol.

Al abrazarse al jugador aprovechó para preguntarle:

-Oye, ¿por qué llevas siempre la cabeza rapada? ¿Tienes algún problema con el cabello?

-No, un día hice una promesa y para poder cumplirla tengo que ir así durante una temporada.
-¿Cuál fue?

-Las promesas no se pueden revelar.Después de esa conversación, pasó a otro sueño: se encontraba en una isla del caribe, debajo de una palmera, tumbado en una hamaca. Descansaba después de la "dura jornada" vivida en el parque acuático. Una guapa isleña se le acercaba para ofrecerle un vaso de zumo de piña bien fresco. Tenía que ir espantando a las moscas que se arremolinaban para cogerle las últimas gotas.

-Darío, ¿qué estás haciendo con los brazos? – escuchó la voz de su padre.

-Espanto moscas.

-¿Qué moscas?, aquí no hay ninguna.

-¿Cómo que no?, mira ésta, ¡Plaff! – hizo, dándole un golpe en el brazo -esta isla está llena.

-Bueno hijo, regresa, que tienes que ir a la escuela. El niño abrió los ojos para percatarse que estaba en su habitación y que era a su padre a quien espantaba.

-Buenos días, ¿has estado con Yliel?

-No, hoy no. Ayer olvidé llamarlo, pero me lo he pasado pipa en mis sueños. Papá, me gustaría que algún día soñásemos juntos mamá, tú y yo.

-Eso me parece muy difícil de conseguir.

-¿Tu crees?, se lo preguntaré a Yliel. En el colegio, Darío se encontró con un recibimiento especial. Los niños se empujaban por saludarlo, y no sólo los de su clase, ya que había circulado la noticia de lo del autocar. Entrando en el aula vio un dibujo en la pizarra con una frase debajo que decía, utilizando las palabras del conductor que tanta gracia les hicieron: "Gracias Pichurrina".

La maestra y todos sus compañeros se pusieron a reír. La única que no participaba de las risas era Irene que parecía pensativa. A la hora del patio se acercó a Darío para comentarle:

-Hay una cosa que no entiendo. Tener pipí es normal, pero ¿Cómo se te ocurrió ir a mirar las ruedas traseras en lugar de subir al autocar? Darío le refirió el sueño, confesándole que las ganas de orinar eran una excusa. Continuó contándole, con todo lujo de detalles, lo sucedido en el parque acuático. Irene se quedó verdaderamente impresionada.

-Tengo que hablar con mi gnomo. El nunca me ha dicho nada que me permita proteger a los demás.

-Quizás hasta ahora no hayas mostrado demasiado interés en preguntar. Tú no quieres ser contestador.

-¿Y eso qué es?

-Es una profesión que me he inventado. Pero no se trata únicamente,como indica su nombre, de responder preguntas, sino que implica encontrar soluciones satisfactorias para todos a los problemas que te presenta la vida. Además se tiene que aprender a “escuchar”, que no es lo mismo que oír.La explicación le estaba saliendo muy bien y con un lenguaje que él normalmente no empleaba, lo cual le hacía sentirse orgulloso. Pero mientras hablaban vieron a Carmen llorando.

-¿Qué te pasa? - le preguntaron.
-He perdido un pendiente de oro que me regaló mi padrino cuando hice la primera comunión. Mis padres se enfadarán mucho conmigo.

-No te preocupes, te ayudaremos a buscarlo. ¿Sabes dónde lo has perdido?

- No, acabo de darme cuenta ahora mismo.Los tres empezaron a dar vueltas por el patio para tratar de encontrarlo. De repente Irene levantó la cabeza y como quien tiene una gran idea dijo:

-¿Por qué no le preguntas a Yliel dónde está? Seguro que él lo sabe.

-No es posible. Sólo conecto con él cuando duermo.

-¿Por qué? si es un ángel seguro que puede comunicarse contigo en cualquier momento.

-No lo sé. No lo he probado nunca.Pues ahora es el momento, ¡pruébalo! – Le animó Irene emocionada.

-Darío fue a sentarse a un banco que estaba en el fondo del patio y allí intentó concentrarse:

-Yliel, por favor, dime dónde está el pendiente de Carmen. El niño formuló once o doce veces la misma pregunta, hasta que le vino una idea a la cabeza: "¿no se le habrá enganchado en la ropa?" Con este pensamiento se dirigió hacia la niña que le estaba observando.

-Carmen, ¿por qué no te quitas la blusa y miras que no se te haya enganchado el pendiente? Una vez mi madre pasó horas buscando una cadena, estaba convencida que se le había caído en casa. Cuando ya la daba por perdida, le saltó de la blusa al desvestirse por la noche. Se enganchó en uno de los pliegues. La chica, sin estar muy convencida, se fue al lavabo. Al cabo de unos minutos salió con la blusa a medio abrochar y gritando de alegría:

-¡Lo he encontrado, lo he encontrado! Abrazó a Darío e Irene y luego se le encendieron las mejillas al percatarse que algunos botones de su camisa no estaban abrochados. Los niños se miraron sin decirse una palabra, mientras sonaba la campana anunciando el final del recreo.
A pesar de estar en clase, el chico se encontraba en las nubes. Sus magníficos ojos verdes brillaban como nunca lo habían hecho. Acababa de descubrir que era capaz de contactar con Yliel despierto y esa revelación le parecía la más importante de su vida. Era posible preguntar lo que fuera en cualquier momento, de día o de noche. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no oía a su maestra mientras le preguntaba:
-Darío ¿quién inventó el teléfono? Necesitó un fuerte codazo de su compañero para darse cuenta.

-Sí, ¿me lo puedes repetir, por favor?

-¿Quién inventó el teléfono?

-¡Ah, sí! Darío se quedó pensativo, lo cierto es que no tenía ni idea, por no haberse estudiado la lección. Se le ocurrió la solución mágica: Quizás Yliel volviera a ayudarle. Contento por su idea se concentró repitiendo la pregunta al ángel un montón de veces. Pero el tiempo iba pasando. La maestra se impacientaba.

-¿Lo sabes o no?- interrogó con voz enfadada.- Un momento, es que lo tengo en la punta de la lengua.“Yliel, ¿quién inventó el teléfono?”, repitió en su pensamiento. Pero esta vez no llegaba respuesta alguna a su cabeza. Su maestra perdió la paciencia y le puso un cero tan redondo como la luna llena.

Darío no comprendía por qué su amigo no le ayudó.“Quizás si hubiera estudiado un poco...” se dijo. Al salir de la escuela se marchó contento a su casa, ya que, aun habiéndose ganado un cero, había hecho el descubrimiento más interesante de su vida y necesitaba contárselo a sus padres. Al entrar dio un beso a su madre, que lucía la misma cara que cuando se le quemó el estofado.

-Hola mamá, ¿ha pasado algo?

-Tu padre ha tenido problemas con un compañero de trabajo.

-¡Hola papá! – saludó sorprendido de verlo en casa tan temprano.

-Hola hijo, ¿te ha ido bien en el colegio?

-Ssssi..., podría decirse que si. Resolvió que no era el mejor momento para revelar su descubrimiento y, mucho menos, el cero. Los pies le llevaron a su habitación para meditar. Consultó con Yliel sobre lo que podría hacer para animar a sus padres. Enseguida le invadió una idea extraña: "Cuéntales un cuento"

-¿Qué les cuente un cuento a mis padres? pero si es al revés, son siempre ellos quienes me los cuentan a mi. Pero no conseguía apartar esa idea en su mente: "Cuéntales un cuento". Así que ni corto ni perezoso, se dirigió al comedor. Sus padres estaban sentados en el sofá, con la misma cara que pone Gerardo en el comedor de la escuela cuando les dan lentejas con hígado. Pero Darío estaba dispuesto a todo y no dudó en preguntar:

-Papá, mamá, ¿os cuento un cuento? La cara de besugo que pusieron sus padres es difícil de describir, al final la madre, respirando profundamente, contestó:

-Sí, hijo, cuéntanos un cuento, a ver si así nos relajamos un poco.

-Érase una vez dos hermanos, Arturo y Eduardo, que vivían en una ciudad con sus padres. El primero era soltero, y el grande, casado con dos hijas. Como Eduardo estaba en el paro y no ganaba un sueldo, vivían todos en la misma casa. A veces la convivencia entre tanta gente se tornaba difícil, por lo que a menudo se creaban discusiones.
Arturo solía enfadarse con su hermano porque pensaba que no trataba bien a sus padres ni a sus hijas, por eso casi no se hablaban. Llegó a un punto en el que ni siquiera le felicitaba por su cumpleaños. Un día, paseando por la playa, Arturo conoció a un anciano. Era un hombre con una larga barba blanca que le proporcionaba un aire de sabio. Iniciaron una conversación.
El joven aprovechó para relatarle su historia y la mala relación que le alejaba de su hermano. El anciano, después de escucharle atentamente, le hizo unas preguntas:

-¿Si tuvieras un hijo, cómo le enseñarías a utilizar los cubiertos.

-Pues haciendo que se fijase en cómo los uso yo.

-Cómo harías para enseñarle a jugar a fútbol?

-Jugando a menudo con él.
-¿Qué estrategia utilizarías para que fuera educado?

-Serlo yo mismo.

-¿Y para enseñarle a dar amor, a querer a los demás? Arturo no llegaba a comprender cuál era la pretensión del sabio con su interrogatorio, pero le contestó - Le daría amor, lo amaría.

-Así pues, ¿cómo te parece que puedes ayudar a un hermano a tener mejores relaciones con su familia?

-Teniendo yo buenas relaciones con todos – respondió, después de pensarlo un poco.
-Entonces vuelve a casa y mejora tus relaciones. El anciano se despidió del joven para seguir su paseo por la playa. No cabe decir el impacto que aquellas palabras tuvieron en el joven Arturo, haciendo que se replantease su vida.

Al cabo de poco tiempo el trato entre los hermanos mejoró considerablemente. Eduardo encontró trabajo y ahora viven todos felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.Finalizada la narración todos mantuvieron unos minutos de silencio. Fue el padre quien lo rompió diciendo:
-¿Quién te ha explicado esta historia?

-Nadie, creo que la he inventado. ¿no os ha gustado?

-Sí cariño, nos ha encantado – replicó la madre rápidamente.

El chico se quedó con una sensación extraña después de la narración. Le parecía como si alguien le hubiera dictado las palabras. Además, ni siquiera entendió todo lo que acababa de contar. En cambio sus padres captaron perfectamente el mensaje relacionándolo con los problemas en el trabajo. Estaba muy claro que había que predicar con el ejemplo. Lo que les llamaba la atención es que fuera un niño de 9 años quien se lo recordara.

-¿Te das cuenta de las facultades que está desarrollando?, nos acaba de explicar un cuento sin saber lo que decía - comentó el padre cuando Darío ya estaba de regreso en su habitación.

-A mí lo que más me ha chocado es ver como se preocupa por nosotros. Últimamente parece que él sea el padre y nosotros los hijos.

-Es posible que también nos interesa contactar con Yliel. Tal vez pueda enseñarnos a resolver problemas o aprender a “escuchar” lo que sucede a nuestro alrededor. Las incógnitas lanzadas por el hombre hicieron que la madre llamase a su hijo.

-¿Cómo hiciste para contactar con Yliel la primera vez?

-Como me lo explicó papá. Cada noche al dormirme, pensaba que quería hablar con él y a la séptima apareció. ¿Por qué me lo preguntas?

-Porque a nosotros también nos gustaría hablar con él.

-¡Qué guay! Así podremos reunirnos los tres allí arriba.

-¿Arriba?, ¿dónde? - preguntó la madre con cara de sorpresa.

-En el mundo de Yliel. En cuanto lo vea le pediré que os venga a buscar. Por primera vez, toda la familia ansiaba que llegase la noche para irse a dormir.

Tristán Llop
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¿Cómo se divierte un ángel?

Cuento 9

Por fin llegó la noche que todos esperaban tanto. Darío y sus padres se miraban de una forma extraña, como quien sabe un secreto y piensa, sin estar muy seguro, que el otro también lo comparte.

Era difícil distinguir quién estaba más excitado, si los mayores por ver a Yliel o el niño por encontrarse con ellos en un sueño.

El chico fue el primero en irse a la cama:

- Me voy a dormir. Buenas noches papá, Buenas noches mamá. No os olvidéis de pensar que queréis encontraros con Yliel. ¡Ah!, acostaros temprano para no perder tiempo.

- Buenas noches hijo-, contestaron al unísono.

- ¿Has pensado que vas a preguntarle al ángel?

- La verdad es que no - respondió la madre - ¿Y tú?

- Tampoco. Hace rato que le estoy dando vueltas al asunto, pero no consigo sacar nada claro. Pienso en preguntas relacionadas con la familia, el trabajo, la salud..., pero me siento ridículo planificando una entrevista con un ángel. Si lo confesásemos a cualquiera de nuestras amistades, pensarían que nos hemos vuelto locos.

- Es cierto, pero ellos no han tenido las experiencias de Darío. Además, en lo que se refiere a nosotros, Yliel nos ha dado un montón de pruebas de su existencia: recuerda la avería del ascensor; el extravío de mi blusa; el examen de inglés, tu cliente, sin olvidar, por descontado, la rueda pinchada. Son demasiadas "casualidades", tenemos que creer a la fuerza. De todos modos es mejor no explicárselo a nuestros amigos, por si acaso.

Mientras sus padres seguían discutiendo la jugada, Darío ya se había dormido.

- Hola.

- Hola Yliel. Fue fantástico lo del parque acuático.

- ¿Te lo pasaste bien?

- Si, pero me refería a los niños a los que pude socorrer gracias a ti.

- No fui yo, el mérito fue enteramente tuyo.

- Pero tú me dijiste lo que tenía que hacer.

- El que quería ayudar a los demás eras tú, yo sólo te apoyé un poco.

- Tengo mucho interés en saber una cosa, ¿Puedo contactar contigo despierto?, o lo que pensé mientras Mª Carmen buscaba el pendiente fueron imaginaciones mías.

- Puedes hablarme cuando quieras, pero si no duermes me comunicaré a través del pensamiento y necesitarás mucha practica para discernir si es tu imaginación o soy yo quien te está hablando. Lo mejor es que cuando formules una pregunta, escojas siempre la primera respuesta que te pase por la cabeza.

- Pero cuando te he preguntado quién inventó el teléfono, no me has contestado.

- ¿Cómo que no? ¿cuál ha sido tu primer pensamiento?

- Mmmmm, que tenía que haber estudiado.

- Exactamente. Esa era la respuesta. ¿No pensarás que seré tu enciclopedia particular para ahorrarte el trabajo de estudiar, eh?

- No, nunca he querido eso. ¡Ja!, sé que fue un error formularte aquella pregunta.

- Puedes contar conmigo para todo aquello que sirva para ayudar a los demás y que no vaya en contra de su voluntad.

- ¿Por qué dices eso?, ¿cómo puede oponerse alguien a algo que sea bueno para sí mismo?

- El problema es que cada persona ve las cosas desde un punto de vista distinto y aquello que a ti te parece malo, puede resultar positivo para otro. Por ejemplo tienes el caso de tu compañera de clase, Julia. Te molesta que sea orgullosa, pero en cambio a ella ése rasgo de su carácter le ayuda a superar la timidez que le impediría enfrentarse a los demás.

- ¿Quieres decir que antes de hacer un favor a alguien tengo que asegurarme que esa persona quiere ser ayudada?

- Exacto.

- ¿Pero eso parece bastante complicado?

- Nadie te dijo que ser contestador sería fácil. No te preocupes demasiado, sólo es una cuestión de práctica. Ya verás que en cuanto te acostumbres serás capaz de hacerlo. Sin ir más lejos: ayer por la tarde ayudaste muy bien a tus padres.

- ¿Fuiste tú quien me narró el cuento?

- Sí, pero lo importante es que estabas dispuesto a animarlos, por eso pude mostrarte cómo hacerlo.

- Hablando de mis padres, ¿Sería posible que nos encontráramos en un sueño?Casi antes de pronunciar la última palabra, Darío se llevó una agradable sorpresa, papá y mamá ya estaban a su lado. En un primer momento, los tres se miraron como si se estuvieran analizando, hasta que el niño rompió el silencio

- ¡Hola papá, hola mamá, os presento a Yliel!.

- ¡Yliel! ¡Entonces era verdad lo que nos decía nuestro hijo! Eres tal y como te había descrito - exclamó la madre.

- Hola, bienvenidos al mundo de los sueños. Podéis preguntarme lo que deseéis.

- Nuestro hijo nos ha dicho que los ángeles estáis al corriente de todo, ¿cómo es posible que sepas algo que todavía no ha sucedido en la tierra?

-Podríamos decir que mi mundo es la antesala del vuestro, es decir, los acontecimientos tienen lugar primero aquí y después. O dicho de otra manera: sabes que cuando haces una fotografía, primero se revela el negativo, después se saca el positivo con la impresión de la copia; aquí se ve el negativo que nos muestra cómo será la foto.

-- Si eso es cierto, ¿viendo los acontecimientos en el mundo de los sueños podemos cambiarlas antes de que sucedan en la tierra?

-evidentemente. Es lo que hizo vuestro hijo cuando detuvo el autocar el otro día. Pero es mucho más fácil que sean los niños los que accedan conscientemente, porque para poderlo hacer antes hay que creer en ello. Los pequeños ven a los reyes magos, a las hadas, al ratoncito Pérez, a los gnomos, a los ángeles, a las brujas y a toda una serie de personajes que vive aquí, porque tienen fe en ellos.

En cambio a los mayores es mucho más difícil hacerles creer, siempre exigen que se pueda tocar. Las personas, en vuestro mundo, pierden la sensibilidad a medida que crecen. ¿Cuántas veces se despierta un niño por la noche para decirle a sus padres que hay alguien detrás de las cortinas y le contestan que son imaginaciones suyas?. ¿Por qué no pueden creerle? Porque no lo ven, y si no lo ven, no existe. Tendríais que aceptar que en el universo viven muchos más seres de los que sois capaces de imaginar. Vuestros científicos han mandado una nave a Marte y han descubierto que se reúnen condiciones suficientes para la vida.

- Es que de pequeños se nos educa para creer sólo en lo que vemos – interrumpió la madre.

- Pues ha llegado el momento de romper ese hábito. Podéis empezar desde ahora mismo con vuestro hijo. Podríamos decir que Darío hacía rato que se encontraba en un claro fuera de juego: no entendía casi nada de lo que estaban hablando. Así que después de algunas preguntas más y cuando el ángel comentaba a sus padres que los sueños formaban parte de la realidad diaria del individuo, o alguna cosa parecida, interrumpió descaradamente diciendo:

- Yliel, ¿no tenías que explicarme como se divierten los ángeles? Si, ya veo que nuestra conversación te aburre mucho. Pero mi respuesta tal vez no sea la que esperas. Es cierto que nosotros, tenemos acceso a todo tipo de juegos, de atracciones, de parques, de juguetes aunque ya no nos divierten.En primer lugar nosotros disfrutamos mucho con nuestro trabajo, nos lo pasamos pipa ayudando a la gente, pero también tenemos otras maneras de pasarlo bien. A menudo nos divertimos haciendo concursos para ver quién es capaz de decir más palabras amables en un solo día.

- ¿Has ganado alguna vez?

- No, no. Aquí nadie quiere ganar, sólo jugamos para distraernos. Si de verdad compitiéramos, todos intentarían que venciese el otro.

- ¿Nadie querría ser el primero?- preguntó el niño extrañadísimo.

- ¿Con qué objetivo?Darío se quedó pensativo sin encontrar la respuesta.

-Buscas ser el primero, el protagonista, porque tu sociedad te transmite ese tipo de valores, pero eso crea grandes frustraciones, muchos problemas, porque los que no son primeros tienen sensación de fracaso. Nunca os paráis a pensar que una película se hace posible gracias a la intervención de todos los personajes, tanto de los actores principales como de los secundarios.

No se os ocurre que con un solo protagonista, probablemente, no habría película.En un maratón premiáis a los tres primeros, ¿y el sacrificio realizado por todos los demás participantes?¿Quién tiene más mérito, aquel alumno que casi sin estudiar aprende enseguida la lección y saca un diez; o el que se pasa cuatro horas diarias estudiando y sólo llega a un seis?

Primero escogió el del seis, pero después dudó sin saber qué contestar. Le pareció que Yliel hablaba en un tono demasiado serio y planteaba incógnitas que no podía resolver. Quizás el ángel en realidad se estaba dirigiendo a sus padres que no se atrevían a decir nada y escuchaban atentamente.El niño decidió interrumpir nuevamente.

- ¿Qué más hacéis para divertiros?

- Cuando estamos muy agobiados por el trabajo nos vamos al rincón de la armonía.

- ¿Dónde está?, no lo conozco.

-Es un lugar muy pequeño, que no aparece en vuestros mapas, donde reina una armonía absoluta. Todo el mundo tiene buenas relaciones; no hay peleas, ni enfados, ni discusiones, ni celos, ni envidias; los malos sentimientos no tienen cabida. Todos se ayudan intentando hacer felices a los demás. Allí nos relajamos muchísimo. También tenemos otra diversión que nos gusta mucho. Cuando hay temporadas en las que tenemos menos trabajo, nos trasladamos al pueblo del "Por qué".

- ¡Ese seguro que me gusta! - exclamó Darío.

- Creo que sí. Es un lugar muy curioso en el que todos sus habitantes se pasan el día preguntándose el por qué de todas las cosas. Cuando vamos no hacemos más que contestar todo tipo de preguntas. Las hay divertidas, curiosas, tristes, descaradas, pesadas, infantiles, anecdóticas, patéticas, fáciles, difíciles, pesadas, inteligentes, absurdas, tontas... Un día, cuando seas contestador, te llevaré allí.

- ¡Qué guay! - contestó el niño.

- Ahora debo anunciarte que durante una temporada no podré venir a verte.

- ¿Por qué? - preguntó Darío con voz triste - ¿He hecho algo mal?

- No, todo lo contrario. – Se apresuró a contestar el ángel. - Lo has hecho extraordinariamente bien. Has aprendido mucho en muy poco tiempo, como tú querías. Mi misión ha finalizado. Ahora tienes que poner en práctica todo lo que sabes. Yo debo marcharme, porque hay otros niños que me están esperando. Pero no lo olvides: siempre que sea necesario estaré a tu lado. Cuando quieras preguntarme algo, concéntrate y oirás la respuesta.

- Pero, ¡si todavía no has terminado! Necesito saber muchas más cosas de tu mundo.

- Podrás conocerlas sin mí. Cuando vayas a dormir plantéate lo que quieres, verás como te trasladas donde desees. Después Yliel se dirigió a sus padres:

-Lo que acabo de explicar es igualmente válido para vosotros. Estoy a vuestra disposición. Os ruego que no dejéis nunca de contestar a las preguntas de vuestro hijo. Se nos ha acabado el tiempo. ¡Hasta pronto Darío!El ángel se despidió sin apenas mirar a su amigo. No quería ver las lágrimas que empezaban a mojar sus mejillas.

- Adiós Yliel.- contestaron los tres a la vez.A la mañana siguiente se despertó muy triste. Sentía un vacío en su interior, muy difícil de rellenar. Aunque recordaba que el ángel estaría a su lado cuando lo necesitase, no podía olvidar que no podría volver a verlo cada noche, además, en lo últimos días, gracias a Yliel, había protagonizado un montón de inolvidables y maravillosas aventuras.

De repente sintió una especie de rayo de calor que penetraba en su interior obligándolo a transformar su tristeza.Fue entonces cuando pensó que cada final comporta un nuevo inicio. Era el comienzo de una nueva etapa que no empezaba solo. Sus padres también habían conseguido estar con Yliel, eso haría sin duda que lo comprendieran mucho mejor y lo ayudarán más.

El niño se animó recordando lo que había vivido y aprendido los últimos días. Seguro que se le presentarían un sinfín de ocasiones para poner en práctica el abanico de nuevas habilidades. Indudablemente no las dejaría escapar.Antes de conocer a Yliel, pensaba que ser contestador consistía en saber responder a las preguntas de todo el mundo. Ahora se daba cuenta de la importancia de esta nueva profesión, era mucho más. Había que saber comprender, escuchar, saber ponerse en el lugar del otro, aceptar que cada uno tiene su razón, y un montón de cosas que todavía le quedaba por aprender.Darío se sentía preparado para ser un excelente contestador.

Tristán Llop
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