Papá, mamá, ¿os cuento un cuento?

Cuento 8

Darío se fue a dormir muy cansado por el ejercicio realizado en ese día, y pensando en las peripecias vividas. Estaba tan inmerso en su mundo interno que hasta olvidó llamar a Yliel.

Esa noche tuvo dos sueños. En el primero se encontró jugando a fútbol de centro delantero con su equipo favorito. Transcurrido medio partido, en una jugada por la banda derecha, recibió, de uno de sus compañeros, un pase en profundidad y remató directamente a gol.

Al abrazarse al jugador aprovechó para preguntarle:

-Oye, ¿por qué llevas siempre la cabeza rapada? ¿Tienes algún problema con el cabello?

-No, un día hice una promesa y para poder cumplirla tengo que ir así durante una temporada.
-¿Cuál fue?

-Las promesas no se pueden revelar.Después de esa conversación, pasó a otro sueño: se encontraba en una isla del caribe, debajo de una palmera, tumbado en una hamaca. Descansaba después de la "dura jornada" vivida en el parque acuático. Una guapa isleña se le acercaba para ofrecerle un vaso de zumo de piña bien fresco. Tenía que ir espantando a las moscas que se arremolinaban para cogerle las últimas gotas.

-Darío, ¿qué estás haciendo con los brazos? – escuchó la voz de su padre.

-Espanto moscas.

-¿Qué moscas?, aquí no hay ninguna.

-¿Cómo que no?, mira ésta, ¡Plaff! – hizo, dándole un golpe en el brazo -esta isla está llena.

-Bueno hijo, regresa, que tienes que ir a la escuela. El niño abrió los ojos para percatarse que estaba en su habitación y que era a su padre a quien espantaba.

-Buenos días, ¿has estado con Yliel?

-No, hoy no. Ayer olvidé llamarlo, pero me lo he pasado pipa en mis sueños. Papá, me gustaría que algún día soñásemos juntos mamá, tú y yo.

-Eso me parece muy difícil de conseguir.

-¿Tu crees?, se lo preguntaré a Yliel. En el colegio, Darío se encontró con un recibimiento especial. Los niños se empujaban por saludarlo, y no sólo los de su clase, ya que había circulado la noticia de lo del autocar. Entrando en el aula vio un dibujo en la pizarra con una frase debajo que decía, utilizando las palabras del conductor que tanta gracia les hicieron: "Gracias Pichurrina".

La maestra y todos sus compañeros se pusieron a reír. La única que no participaba de las risas era Irene que parecía pensativa. A la hora del patio se acercó a Darío para comentarle:

-Hay una cosa que no entiendo. Tener pipí es normal, pero ¿Cómo se te ocurrió ir a mirar las ruedas traseras en lugar de subir al autocar? Darío le refirió el sueño, confesándole que las ganas de orinar eran una excusa. Continuó contándole, con todo lujo de detalles, lo sucedido en el parque acuático. Irene se quedó verdaderamente impresionada.

-Tengo que hablar con mi gnomo. El nunca me ha dicho nada que me permita proteger a los demás.

-Quizás hasta ahora no hayas mostrado demasiado interés en preguntar. Tú no quieres ser contestador.

-¿Y eso qué es?

-Es una profesión que me he inventado. Pero no se trata únicamente,como indica su nombre, de responder preguntas, sino que implica encontrar soluciones satisfactorias para todos a los problemas que te presenta la vida. Además se tiene que aprender a “escuchar”, que no es lo mismo que oír.La explicación le estaba saliendo muy bien y con un lenguaje que él normalmente no empleaba, lo cual le hacía sentirse orgulloso. Pero mientras hablaban vieron a Carmen llorando.

-¿Qué te pasa? - le preguntaron.
-He perdido un pendiente de oro que me regaló mi padrino cuando hice la primera comunión. Mis padres se enfadarán mucho conmigo.

-No te preocupes, te ayudaremos a buscarlo. ¿Sabes dónde lo has perdido?

- No, acabo de darme cuenta ahora mismo.Los tres empezaron a dar vueltas por el patio para tratar de encontrarlo. De repente Irene levantó la cabeza y como quien tiene una gran idea dijo:

-¿Por qué no le preguntas a Yliel dónde está? Seguro que él lo sabe.

-No es posible. Sólo conecto con él cuando duermo.

-¿Por qué? si es un ángel seguro que puede comunicarse contigo en cualquier momento.

-No lo sé. No lo he probado nunca.Pues ahora es el momento, ¡pruébalo! – Le animó Irene emocionada.

-Darío fue a sentarse a un banco que estaba en el fondo del patio y allí intentó concentrarse:

-Yliel, por favor, dime dónde está el pendiente de Carmen. El niño formuló once o doce veces la misma pregunta, hasta que le vino una idea a la cabeza: "¿no se le habrá enganchado en la ropa?" Con este pensamiento se dirigió hacia la niña que le estaba observando.

-Carmen, ¿por qué no te quitas la blusa y miras que no se te haya enganchado el pendiente? Una vez mi madre pasó horas buscando una cadena, estaba convencida que se le había caído en casa. Cuando ya la daba por perdida, le saltó de la blusa al desvestirse por la noche. Se enganchó en uno de los pliegues. La chica, sin estar muy convencida, se fue al lavabo. Al cabo de unos minutos salió con la blusa a medio abrochar y gritando de alegría:

-¡Lo he encontrado, lo he encontrado! Abrazó a Darío e Irene y luego se le encendieron las mejillas al percatarse que algunos botones de su camisa no estaban abrochados. Los niños se miraron sin decirse una palabra, mientras sonaba la campana anunciando el final del recreo.
A pesar de estar en clase, el chico se encontraba en las nubes. Sus magníficos ojos verdes brillaban como nunca lo habían hecho. Acababa de descubrir que era capaz de contactar con Yliel despierto y esa revelación le parecía la más importante de su vida. Era posible preguntar lo que fuera en cualquier momento, de día o de noche. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no oía a su maestra mientras le preguntaba:
-Darío ¿quién inventó el teléfono? Necesitó un fuerte codazo de su compañero para darse cuenta.

-Sí, ¿me lo puedes repetir, por favor?

-¿Quién inventó el teléfono?

-¡Ah, sí! Darío se quedó pensativo, lo cierto es que no tenía ni idea, por no haberse estudiado la lección. Se le ocurrió la solución mágica: Quizás Yliel volviera a ayudarle. Contento por su idea se concentró repitiendo la pregunta al ángel un montón de veces. Pero el tiempo iba pasando. La maestra se impacientaba.

-¿Lo sabes o no?- interrogó con voz enfadada.- Un momento, es que lo tengo en la punta de la lengua.“Yliel, ¿quién inventó el teléfono?”, repitió en su pensamiento. Pero esta vez no llegaba respuesta alguna a su cabeza. Su maestra perdió la paciencia y le puso un cero tan redondo como la luna llena.

Darío no comprendía por qué su amigo no le ayudó.“Quizás si hubiera estudiado un poco...” se dijo. Al salir de la escuela se marchó contento a su casa, ya que, aun habiéndose ganado un cero, había hecho el descubrimiento más interesante de su vida y necesitaba contárselo a sus padres. Al entrar dio un beso a su madre, que lucía la misma cara que cuando se le quemó el estofado.

-Hola mamá, ¿ha pasado algo?

-Tu padre ha tenido problemas con un compañero de trabajo.

-¡Hola papá! – saludó sorprendido de verlo en casa tan temprano.

-Hola hijo, ¿te ha ido bien en el colegio?

-Ssssi..., podría decirse que si. Resolvió que no era el mejor momento para revelar su descubrimiento y, mucho menos, el cero. Los pies le llevaron a su habitación para meditar. Consultó con Yliel sobre lo que podría hacer para animar a sus padres. Enseguida le invadió una idea extraña: "Cuéntales un cuento"

-¿Qué les cuente un cuento a mis padres? pero si es al revés, son siempre ellos quienes me los cuentan a mi. Pero no conseguía apartar esa idea en su mente: "Cuéntales un cuento". Así que ni corto ni perezoso, se dirigió al comedor. Sus padres estaban sentados en el sofá, con la misma cara que pone Gerardo en el comedor de la escuela cuando les dan lentejas con hígado. Pero Darío estaba dispuesto a todo y no dudó en preguntar:

-Papá, mamá, ¿os cuento un cuento? La cara de besugo que pusieron sus padres es difícil de describir, al final la madre, respirando profundamente, contestó:

-Sí, hijo, cuéntanos un cuento, a ver si así nos relajamos un poco.

-Érase una vez dos hermanos, Arturo y Eduardo, que vivían en una ciudad con sus padres. El primero era soltero, y el grande, casado con dos hijas. Como Eduardo estaba en el paro y no ganaba un sueldo, vivían todos en la misma casa. A veces la convivencia entre tanta gente se tornaba difícil, por lo que a menudo se creaban discusiones.
Arturo solía enfadarse con su hermano porque pensaba que no trataba bien a sus padres ni a sus hijas, por eso casi no se hablaban. Llegó a un punto en el que ni siquiera le felicitaba por su cumpleaños. Un día, paseando por la playa, Arturo conoció a un anciano. Era un hombre con una larga barba blanca que le proporcionaba un aire de sabio. Iniciaron una conversación.
El joven aprovechó para relatarle su historia y la mala relación que le alejaba de su hermano. El anciano, después de escucharle atentamente, le hizo unas preguntas:

-¿Si tuvieras un hijo, cómo le enseñarías a utilizar los cubiertos.

-Pues haciendo que se fijase en cómo los uso yo.

-Cómo harías para enseñarle a jugar a fútbol?

-Jugando a menudo con él.
-¿Qué estrategia utilizarías para que fuera educado?

-Serlo yo mismo.

-¿Y para enseñarle a dar amor, a querer a los demás? Arturo no llegaba a comprender cuál era la pretensión del sabio con su interrogatorio, pero le contestó - Le daría amor, lo amaría.

-Así pues, ¿cómo te parece que puedes ayudar a un hermano a tener mejores relaciones con su familia?

-Teniendo yo buenas relaciones con todos – respondió, después de pensarlo un poco.
-Entonces vuelve a casa y mejora tus relaciones. El anciano se despidió del joven para seguir su paseo por la playa. No cabe decir el impacto que aquellas palabras tuvieron en el joven Arturo, haciendo que se replantease su vida.

Al cabo de poco tiempo el trato entre los hermanos mejoró considerablemente. Eduardo encontró trabajo y ahora viven todos felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.Finalizada la narración todos mantuvieron unos minutos de silencio. Fue el padre quien lo rompió diciendo:
-¿Quién te ha explicado esta historia?

-Nadie, creo que la he inventado. ¿no os ha gustado?

-Sí cariño, nos ha encantado – replicó la madre rápidamente.

El chico se quedó con una sensación extraña después de la narración. Le parecía como si alguien le hubiera dictado las palabras. Además, ni siquiera entendió todo lo que acababa de contar. En cambio sus padres captaron perfectamente el mensaje relacionándolo con los problemas en el trabajo. Estaba muy claro que había que predicar con el ejemplo. Lo que les llamaba la atención es que fuera un niño de 9 años quien se lo recordara.

-¿Te das cuenta de las facultades que está desarrollando?, nos acaba de explicar un cuento sin saber lo que decía - comentó el padre cuando Darío ya estaba de regreso en su habitación.

-A mí lo que más me ha chocado es ver como se preocupa por nosotros. Últimamente parece que él sea el padre y nosotros los hijos.

-Es posible que también nos interesa contactar con Yliel. Tal vez pueda enseñarnos a resolver problemas o aprender a “escuchar” lo que sucede a nuestro alrededor. Las incógnitas lanzadas por el hombre hicieron que la madre llamase a su hijo.

-¿Cómo hiciste para contactar con Yliel la primera vez?

-Como me lo explicó papá. Cada noche al dormirme, pensaba que quería hablar con él y a la séptima apareció. ¿Por qué me lo preguntas?

-Porque a nosotros también nos gustaría hablar con él.

-¡Qué guay! Así podremos reunirnos los tres allí arriba.

-¿Arriba?, ¿dónde? - preguntó la madre con cara de sorpresa.

-En el mundo de Yliel. En cuanto lo vea le pediré que os venga a buscar. Por primera vez, toda la familia ansiaba que llegase la noche para irse a dormir.

Tristán Llop
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