El niño que no quería ir al colegio

Cuento 6

Darío estaba llevando a cabo su gran ilusión: aprender mucho en muy poco tiempo. Además iba descubriendo mundos diferentes.

A veces le costaba comprender lo que le decía Yliel, pero también le pasaba con lo que le contaban los mayores o con las lecciones de la escuela.

Entonces se acordaba de una frase que su maestra le repetía a menudo: "no te preocupes que más adelante lo entenderás".

Un día que pensaba en estas cosas, oyó una voz:

-Hola, ¿te lo has pasado bien con Hans y Mans?Tuvo el impulso de preguntar cómo se había enterado, pero no lo hizo al recordar que en el mundo de Yliel todo se sabe.

-Me cuesta acostumbrarme a que lo sepas todo, ¿no se te escapa nunca nada?

-Sólo veo aquello que quiero ver. Si me concentro y pienso en alguien entonces puedo saber dónde está y qué hace.

-Ahora yo estoy en tu mundo ¿no?

-Sí, claro.

-Por lo tanto si me concentro, ¿también puedo verlo todo?

-En principio sí, pero necesitas práctica.Darío se concentró pensando que quería ver a su amigo Antonio y al cabo de unos minutos lo visualizó jugando, columpiándose en un parque.

-Lo he visto, lo he visto-,dijo excitado -está en el parque. Pero ¿qué hace en el parque a esta hora?-preguntó con extrañeza al ser consciente de lo que acababa de ver.

-Lo mismo que tú estás haciendo aquí conmigo. Antonio está soñando que ha ido al parque, mientras que tú sueñas que hablamos.Darío estaba un poco confuso, porque eso de estar en dos sitios a la vez le resultaba chocante y difícil de comprender.

-Pero, ¿yo estoy en mi cama o hablando contigo? es decir, ¿si mamá viene a mi habitación, ¿me verá?

-Sí, claro que te verá.

-Entonces ¿cómo puedo estar manteniendo esta conversación contigo al mismo tiempo?

-Ya te dije el primer día, éste es un tema muy complejo que ni siquiera los mayores comprenden, aunque actualmente ya hay científicos que lo estudian y pronto os darán respuestas revolucionarias. Lo único que necesitas saber es que existe otro mundo al que te trasladas cuando duermes, pero sin tu cuerpo físico y donde las cosas son tan reales como las que vives cuando estás despierto.

Darío pensó que Yliel ya estaba volviendo a hablar como los mayores, que cuando no saben explicar una cosa utilizan palabras extrañas para que no sigas preguntando. Como no entendía mucho, prefirió cambiar de tema.

-¿Qué te pasó con el niño que no quería ir a la escuela?

-Ese fue un caso muy curioso. Una vez Gabriel me encargó que viniera a la tierra para ayudar a un niño que se llamaba Txungó; su casa estaba en el sur del Japón, en Kunsan, un pueblo costero.

-Vaya nombres más raros-.Exclamó divertido el chico.

-Seguro que para un japonés Darío sonará también muy extraño.

-¿Fueron sus padres quienes te llamaron?

-Pues no, sorprendentemente fue un amigo suyo llamado Fujimoto que estaba muy preocupado por su salud. Txungó se había adelgazado seis kilos en las últimas dos semanas.

-¿Qué enfermedad tenía?

-En realidad no es que estuviera enfermo, sino que su cuerpo rechazaba los alimentos. Cada vez que intentaba tragar algo, automáticamente lo devolvía, por lo que se estaba adelgazando de una forma alarmante. Sus padres lo llevaron a consultar a varios médicos, pero éstos no detectaron dolencia alguna.

-¿Y qué tenía?

-Cuando llegué a su lado me di cuenta que su problema era su renuncia a ir al colegio y lo de los vómitos su excusa.

-Quieres decir que vomitaba a propósito.

-No, pero su miedo a que le obligaran a ir a la escuela era tal, que sólo con pensar en ello le venía ganas de devolver.

-Pero, ¿qué le hicieron en el colegio?

-No se trataba de lo que le habían hecho, sino de lo que él pensaba que le iban a hacer. Txungó llevaba varios días teniendo pesadillas, soñaba que varios niños, con los que no se llevaba demasiado bien, le preparaban una serie de trampas:Un día soñó que al llegar al colegio lo colocaban en un saco y después de darle algunos golpes lo encerraban en el lavabo. Tras conseguir liberarse del saco se encontró con una enorme serpiente de cascabel. Se escondió en uno de los retretes pero la serpiente se coló por debajo de la puerta. En el momento que sacaba su bífida lengua con gesto amenazante, se despertó empapado en sudor y pidiendo socorro.

-Qué angustia ¿no?

-Pues al día siguiente soñó que estaba en su clase y cuando el director entró, todos los niños se levantaron para saludar (en Japón, cada vez que entra en un aula una persona mayor, es una costumbre y una señal de buena educación saludar de pié, inclinando el cuerpo y la cabeza,) pero Txungó no pudo hacerlo porque le pusieron pegamento en la silla y le fue imposible incorporarse.
Así que cuando el director se marchó, su profesor le impuso un castigo: quedarse después de clase a copiar doscientas veces: no seré un maleducado. Se quedó sólo y mientras copiaba la frase notó un cosquilleo en los pies. Al mirar vio horrorizado que una legión de hormigas rojas se acababan de comer sus zapatos. Estaban por toda la clase, tragándose lo que encontraban a su paso.

El niño saltó por encima de las mesas para intentar llegar hasta la puerta, pero ya se habían comido las que se encontraban más cercanas a la salida. Se dirigió hacia las ventanas. Su aula estaba en el primer piso, por lo tanto la altura no era demasiado grande, si saltaba, como máximo podía romperse una pierna. Pero en las ventanas estaban reforzadas con rejas. No había escapatoria posible y las hormigas continuaban comiéndoselo todo. Se despertó dándose golpes en las piernas para matarlas.Otra noche, soñando que llegaba al colegio, en la entrada encontró a varios compañeros, pero no le saludaron.

Pensó que tendrían prisa o que estaban aún medio dormidos. En clase, al sentarse, saludó a su compañero de mesa, pero tampoco hubo respuesta. Empezaba a preocuparse e hizo memoria para recordar lo sucedido el día anterior, ya que era extraño que nadie quisiera dirigirle la palabra, pero no hallaba nada especial. En un momento de la clase el profesor hizo una pregunta y como Txungó conocía la respuesta, levantó rápidamente la mano, pero el maestro hizo como si no estuviera. Entonces se levantó de la silla y dijo:

-Profesor, yo sé la respuesta.

-Fue entonces cuando, alarmado, se dio cuenta de que los demás no podían verle ni oírle, era invisible, como si no existiera. Si hubiese sido un buen sueño, tal vez se hubiera divertido durante un rato siendo invisible, pero como se trataba de una pesadilla, empezó a angustiarse y a tener miedo pensando que sus padres tampoco se apercibirían de su presencia, así que fue corriendo hacia casa y se despertó gritando:

-Mamá, ¿me ves, me oyes?

-Pues a mí sí que me gustaría ser invisible alguna vez -dijo Darío -debe ser muy guay.

Yliel continuó su relato:

-Pero lo peor vino cuando soñó que tenía un examen de educación física. Txungó era un chico bastante ágil y se le daba bien la gimnasia. En su clase había una chica que le gustaba mucho llamada Michikita, y estaba dispuesto a demostrarle que era el mejor. Para conseguirlo estuvo entrenándose durante mucho días.

Los ejercicios empezaron con el salto de altura en el que pudo lucirse. Después el de longitud, quedó segundo. A continuación el de potro, tuvo una actuación impecable. Finalmente, después de varios ejercicios, la carrera de los cien metros. Corrió tanto que casi se come la cinta de llegada. Michikita no le quitaba la vista de encima. Sin duda era el día más feliz de su vida. Había quedado el primero en muchas pruebas y sus compañeros decidieron lanzarlo hacia arriba, como se hace con los campeones. Pero uno de ellos tenía una pequeña cuchilla y sin que nadie se diera cuenta, le hizo un corte alrededor de los pantalones.

Cuando lo lanzaron Txungó miraba como Michikita le estaba sonriendo desde la primera fila. Entonces sucedió algo terrible. el pantalón y los calzoncillos se le cayeron al suelo y se encontró en el aire desnudo. Todo el mundo pudo verle, sobretodo Michikita que se marchó del patio avergonzada. El pobre Txungó no sabía en donde esconderse. Ese rato tan desagradable hizo que se despertara rojo como un tomate y agarrado al pantalón del pijama.

Así que una noche tras otra soñaba cosas extrañísimas relacionadas con la escuela. Empezó a tener miedo a que aquello le sucediera de verdad. Por las mañanas se indisponía y vomitaba el desayuno. Curiosamente cuando se encontraba mejor era los fines de semana, por no tener colegio.

-Pobre chico, pero, ¿por qué tenía tantas pesadillas? ¿nunca soñaba nada divertido?

-Txungó era muy aficionado a la lectura y su amigo, Mikymata, le había dejado una colección de cuentos de terror, que él estaba leyendo con mucho deleite. Pero estos relatos contienen una trampa, están dominados por mi eterno rival: El Pesadilla. El camelo consiste en que cuando empiezas con esas lecturas no puedes dejarlas, porque entusiasman. Y cuanto más lees, más pesadillas tienes. La única forma de acabar con el problema es dejar de leerlos.

-¿Cómo hiciste para ayudarle?

-No fue nada fácil. No me está permitido penetrar en el reino de las pesadillas y para hablar con Txungó necesitaba que se durmiese sin haber leído ningún relato de terror. Decidí dirigirme hacia su madre para decirle, en sueños, que el origen del problema de su hijo estaba en los cuentos que le había prestado Mikymata. Yo no contaba con que El Pesadilla se imaginara mi estrategia y esa noche le dijera a Txungó que escondiera los cuentos para que no los encontraran.

A la mañana siguiente, cuando la madre fue a retirarle los libros, el niño mintió diciendo que ya los había devuelto.Me encontraba ante un enemigo muy listo, por lo que estaba obligado a variar mi estrategia. La cuestión era conseguir que se durmiera sin haber leído antes. Después de mucho pensar se me ocurrió otro plan.

El padre era pescador y de vez en cuando se llevaba a la familia a pasear en la barca. A Txungó le gustaba mucho pescar. Así que por la noche me introduje en los sueños del hombre y le sugerí que organizase una salida al mar. A la mañana siguiente se levantó a la salida del alba e hizo todos los preparativos. Cuando el resto de la familia se despertó, les comunicó que saldrían a pescar. El niño estuvo muy contento, pero su madre prefirió quedarse en casa para acabar trabajo atrasado.

El padre terminó de ultimar los detalles mientras su hijo desayunaba. Cuando Txungó estuvo en la playa pudo ver la barca a cierta distancia. Se echó al agua y en un abrir y cerrar de ojos estaba a bordo, ya que era muy buen nadador.En altamar el niño preparó la caña y se dispuso a pescar. Mientras, me puse de acuerdo con un gran atún que nadaba por los alrededores para que picase el anzuelo y resistiese el máximo posible con tal de agotar al muchacho. Así, al cabo de un rato Txungó dijo:

-¡Papá, papá! ¡Han picado, han picado!

-Muy bien hijo, sujeta con fuerza la caña y tira lentamente hacia la barca para coger el pez con la red.

-Debe ser enorme, porque casi no puedo con la caña.

-Sujeta fuerte, hijo, que enseguida te ayudo.-En cuanto el pescador se acercó a su hijo, el atún soltó el anzuelo.

-Se ha escapado, papá.

-Bueno, no te preocupes, ya picarán otros.

-Aquel era un magnífico día de verano y Txungó no olvidó ponerse la gorra. Así que a media tarde, cuando el sol ya no calentaba tanto, solicité ayuda a mis amigas del aire, las Sílfides, para que levantasen el viento suficiente para hacer que volase la gorra, con el objetivo de que el sol acabase de cansar al muchacho. Como siempre se mostraron encantadas de auxiliarme y con una ráfaga se llevaron la gorra lejos de la barca. A medida que pasaban las horas el niño estaba cada vez más cansado, pero ni así llegaba a dormirse.

Por lo tanto no me quedó más remedio que solicitar los favores de las Ondinas que, con unas suaves olas, mecieron la embarcación, como si se tratase de una cuna, consiguiendo por fin que el chico se durmiera. Después de introducirme en sus sueños, le expliqué lo que había sucedido a causa de sus lecturas y le convencí de que ninguna de sus pesadillas iba a convertirse en realidad. Al final se ganó como premio un fantástico sueño a un gran parque de atracciones para borrar el recuerdo de lo vivido en los últimos días.

-Jo, qué cara -se le escapó a Darío.

-De regreso, vieron la gorra flotando y la recogieron con la red. Al llegar a su casa explicó a sus padres el sueño, pidió disculpas a su madre por haberle mentido sobre los cuentos y se los entregó todos. Después dijo que tenía mucha hambre.

El lunes siguiente volvió a ir al colegio sin ningún miedo.

-Pero ¿qué pasó con El Pesadilla? ¿no se enfadó?

-Se puso hecho una fiera. Cuando supo que ya no podía dominar a Txungó, estuvo gritándome una serie de palabras malsonantes que no es necesario que te repita, y se marchó, dejando un rastro de olor a podrido, a buscar a otra víctima de sus cuentos.

-¿Tú qué hiciste entonces?

-Cumplida ya mi misión, me fui a reposar.

-¿Pero los ángeles también descansan?

-Claro! Igual que te sientas en un sofá o te estiras en una cama, yo me coloco encima de una nube, que son muy cómodas ya que siempre se adaptan a la forma del cuerpo.

-Oye, ¿Cómo os divertís en tu mundo?

-Te lo explicaré otro día porque hoy se nos ha acabado el tiempo. Adiós.

-Adiós.Darío se quedó con las ganas de saber qué hacen los ángeles para pasárselo bien.

-Seguro que tienen castillos llenos de fantásticos juguetes, parques acuáticos con todo tipo de toboganes y grandes ferias con muchas atracciones a las que puedes subir tantas veces como quieras y gratis. Quizás Yliel me lleve con él a estos sitios.

Mientras Darío disfrutaba de sus pensamientos, la madre se acercó para despertarlo.

-Buenos días, cariño.

-Buenos días mamá, ¿qué nota te pusieron en el examen?

-Un notable.

-¡Lo sabía, lo sabía! -dijo muy contento encaminándose hacia la ducha.

El padre, que había oído la conversación se dirigió a su mujer:

-¿Te acuerdas que te dije que pediría informes sobre aquella empresa con la que estaba negociando? resulta que todo era fachada. En realidad no tienen liquidez y deben mucho dinero a los bancos. Si no hubiera sido por Yliel es probable que hubiera metido la pata.

-Me parece que este ángel está empezando a formar parte de la familia.

-Mamá, ¿me has preparado la bolsa? -interrumpió el niño.

-No, Darío. La tienes que preparar tú. Ya sabes donde están tus cosas de piscina. No olvides ponerte el bañador y coger una muda.

Tristán Llop
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