El simbolismo de los alimentos

¿Qué simboliza la sal o el azúcar, el agua o el picante? ¿Tiene algún significado comer sin masticar? ¿Son importantes los utensilios que utilizamos en la cocina?

Mientras estaba redactando estas líneas se produjo una anécdota digna de ser reseñada. Una patera alcanzó la playa de una costa española. En ella viajaban un grupo de emigrantes y entre ellos, un bebé de seis meses con su madre.

Se daba la circunstancia que el pequeño se encontraba deshidratado y a su madre se le había cortado la leche debido al esfuerzo del viaje.

Una mujer, que también era madre de una niña de escasos meses y estaba tomando el sol en aquella playa, habiendo presenciado la escena, se acercó al grupo y se ofreció para amamantar al bebé. Éste se enganchó con fuerza a aquel pecho adoptivo y quedó saciado.

Las autoridades de la localidad en la que ocurrieron los hechos decidieron condecorar a la mamá adoptiva por su labor humanitaria. Unas horas después del suceso, la mujer afirmó en televisión que al principio tenía miedo que el bebé la rechazara, pero que en cuanto empezó a mamar lo sintió como si fuera hijo suyo. Sirva esta tierna anécdota como introducción al tema de la comida.
La primera relación que tenemos con los alimentos se da en el seno materno, dónde captamos todas las substancias que nuestro cuerpo necesita. Cuando salimos de él nos espera -en la mayoría de los casos- la leche materna, por lo que seguimos manteniendo un estrecho contacto con la persona que nos ha estado alimentando durante nueve meses.

A medida que crecemos, los cuidados de los padres van menguando –al principio nos trituran los alimentos y nos dan de comer, y más tarde nos ofrecen unos euros para que vayamos a la hamburguesería, sin menoscabo del amor que sienten hacia nosotros. Más bien parece que van dejando un espacio entre ellos y nosotros para que seamos capaces de definir nuestros gustos, para que sepamos lo que queremos y para que finalmente aprendamos a conseguirlo con nuestros propios medios.

Podríamos decir, en cierto modo, que los cambios en los hábitos de la alimentación equivalen a cambios en la forma de percibir la vida, lo que viene del exterior, lo que nos alimenta. Así diríamos que un niño que se nutre exclusivamente con arroces, pastas y patatas fritas, puede tener tendencia a creer que los recursos con los que va a abastecerse en el exterior son limitados y ello restringirá sus posibilidades.

En cambio, una persona con una alimentación amplia y equilibrada tendrá probablemente mejores perspectivas ya que si le falta un ingrediente, sabrá que dispone de muchos otros para confeccionar su guiso, para realizar su obra. Quizá podríamos deducir de todo ello que si a uno le aburre o le disgusta la vida que está llevando, un cambio de dieta es susceptible de aportarle nuevas energías o una visión distinta de lo que está viviendo. Es cuestión de probar...

Según afirmaba Kabaleb en su libro “Cómo descubrir al maestro interior” (Ed. Arcano Books) la comida física simboliza el alimento espiritual. Aplicando esta idea pueden extraerse conclusiones muy jugosas, como veremos en los ejemplos que daré a continuación. El tipo de manjares que a uno le sirven, la forma de prepararlos y presentarlos, la apetencia o rechazo que producen en el consumidor, todos esos detalles constituyen una suculenta fuente de información subliminal acerca de los personajes implicados.

El principal punto de avance del ser humano se basa en la toma de conciencia, es decir, en comprender la realidad que se está viviendo y aplicarle al conocimiento y el sentido común. Partiendo de esta premisa, comprenderemos que es preciso sensibilizarse acerca de la importancia de preparar la comida con amor, con dedicación y con esmero, ya que si el cocinero se encuentra alicaído o de mal humor en el momento de llevar a cabo la transformación alquímica de los alimentos, transmitirá su estado anímico a todo el que coma de su puchero.

Por ejemplo, la dueña de uno de los restaurantes más exquisitos y concurridos del extrarradio madrileño contó su secreto mejor guardado: energetizaba con Reiki (El Reiki es una técnica japonesa de transferencia de energía curativa por imposición de manos), o sea con amor, todos sus platos.

La forma de comer de cada persona expresa en cierto modo su personalidad. Por ejemplo, comer con las manos puede ser el reflejo de una necesidad de palpar las experiencias (simbolizadas por la comida) de forma directa, o sea de aproximarse más a la realidad que uno está viviendo, acercándose a las consignas de Santo Tomás, que necesitaba ver para creer.

En ese sentido, los cubiertos serían algo parecido a un intermediario entre la persona y su comida, lo cual ayudaría a tener más perspectiva, a ver las cosas desde un punto de vista más abierto.

Simbolismos ligados a los alimentos

A cada alimento se le asocia, de acuerdo con la Tradición, la sabiduría popular o el sentido común, un simbolismo. Enumeraré algunos a modo de ejemplo.

La sal: Dice a este respecto Kabaleb: “La sal es la que revela el sabor de los alimentos, lo que permite distinguirlos unos de otros, reconocerlos, identificarlos. La sal física actúa de este modo en los alimentos físicos pero la sal espiritual sirve para identificar y conocer los alimentos espirituales, es decir para saber la filiación de las distintas fuerzas que mueven los mecanismos de la personalidad, para saber el valor de cada cosa, para discernir lo verdadero de lo falso, lo que nos conviene o es susceptible de perjudicarnos. La alimentación salada irá retrocediendo y la alimentación dulce irá en progresivo aumento a medida que la sociedad avance hacia el Reino de Cristo.”

La sal está regida por el planeta Saturno, simboliza pues las normas, la estructura, la rigidez, lo cual puede dar a entender que las personas que suelen cocinar soso necesitan incorporar a su vida normas, requieren de una estructura más férrea tal vez porque tiendan a desmadrarse; son las que tienen que realizar más esfuerzos a la hora de discernir lo que les conviene.

Sin embargo, a partir del momento en que somos capaces de incorporar esas normas en nuestro interior, el proceso se invierte. Por eso dice Kabaleb que a medida que vayamos acercándonos a nuestro Ego Superior (o personalidad crística) iremos necesitando menos sal, menos normas porque tendremos incorporados tanto el discernimiento como las leyes.

Saturno rige la piedra, que también es símbolo de rigidez. De ello podemos deducir que las personas que cocinan con demasiada sal tienden a menudo a ser demasiado rígidas en algún aspecto de su personalidad. Cuando el medico retira totalmente la sal de la alimentación puede ser debido a que uno está ya al límite de su rigidez y es preciso trabajar el elemento contrario: el azúcar, porque la persona se ve dominada por las normas, las que se auto impone o las que le dicta la sociedad.

El azúcar: Éste es un elemento venusiano ligado a la dulzura, la paz, la armonía, el amor. Dicen a este respecto T. Dethlefsen y R. Dahlke en su libro La enfermedad como camino (ed. Plaza y Janés): “Detrás del deseo del diabético de saborear cosas dulces y de su incapacidad para asimilar el azúcar y almacenarlo en las propias células, está el afán poco reconocido de la realización amorosa, unido a la incapacidad de aceptar el amor, de abrirse a él. El diabético tiene que alimentarse de sucedáneos para satisfacer unos deseos auténticos, puede recibir amor el que es capaz de darlo. El diabético sólo da amor en forma de azúcar en la orina. Quien evita dejarse impregnar difícilmente retiene el azúcar. El diabético quiere amor (cosas dulces) pero nunca se atreve a buscarlo activamente (“a mí el dulce no me conviene”)...

Pero es preciso tomarlo en su justa medida, ya que un exceso de azúcar resulta empalagoso y ésta será la impresión que suscite la persona que se haya pasado en la dosis. Tampoco hallaremos el equilibrio si falta el elemento dulce, o sea la sensibilidad. La diabetes representaría una mala asimilación del amor que proviene de la sociedad (de los alimentos). En cambio, una hipoglucemia (falta de azúcar) podría mostrar una imperiosa necesidad de dar y recibir amor.

La adicción que tienen algunas personas al chocolate podría ser interpretada como una insuficiencia de afecto, de hecho son conocidas sus propiedades antidepresivas. El tomate: El color natural del tomate es el rojo, que corresponde al planeta Marte, el de la acción. Así podemos decir que esta hortaliza representa de alguna manera una inyección de energía. Mi hijo, desde pequeño, siempre le pide un tomate a su madre cuando se encuentra bajo de energía, después de un gran esfuerzo físico.

Las especies: Estas sirven generalmente para condimentar un guiso, para añadirle un toque especial o mejorar su sabor. Simbólicamente podríamos asociarlas con los detalles, con esas circunstancias que mejoran la calidad de vida. Así podríamos deducir que la persona que utiliza especies en su vida tendrá tendencia a ser detallista con la gente de su entorno. Un exceso de especies hará nuestro guiso demasiado fuerte o nuestra relación muy empalagosa.

El picante: Las especies picantes, los pimientos, las guindillas, etc. se asocian con la necesidad de movimiento, de vivir anécdotas y experiencias picantes, especiales. En algunos países con temperaturas muy altas, el picante sirve para eliminar toxinas, para levantar el ánimo y huir de la apatía. Pero el exceso puede llevar a perder sensibilidad gustativa, es decir, cuando uno se excede con las experiencias fuertes, éstas acaban volviéndose monótonas.

El agua: Está asociada con las emociones. Cuando el agua sale de sus conductos naturales (inundaciones, escapes, goteras, etc.) es indicio que nuestras emociones se están exaltando y saliéndose de madre (rabias, odios, sentimientos de venganza, críticas, pataletas, etc.). Cuando se atasca y deja de salir por sus conductos estipulados, es señal de que se están produciendo retenciones emotivas, de que nos mostramos tacaños a la hora de prodigar sentimientos, de que nos cuesta compartir, declarar nuestro amor.

La rotura de un recipiente que contiene agua – un vaso, una jarra, una botella, un jarrón de flores, una pecera- puede ser indicativo que la persona está atravesando un trance de mucha presión emotiva y que en cualquier momento puede explotar. El miedo al agua puede traducir un temor a enfrentarse a cierto tipo de emociones, a perder el control.

También podemos citar algunos de los elementos que aparecen asociados a los alimentos y que fácilmente harán acto de presencia en el transcurso de una anécdota sobre esta temática.

La Boca: Dice la Tradición que la boca es el vestíbulo del corazón. Podemos asociarla, asimismo, con la comunicación, con la familia (simbolizada, según algunos autores, por los dientes) y, por supuesto, con la alimentación.

Masticar facilita la asimilación de los alimentos, ayudando a una mejor digestión de los mismos. Extrapolando, podríamos decir que las personas que mastican bien lo que comen son generalmente las que asimilan de forma más rápida sus experiencias de vida. Todo lo contrario de las que tragan sin apenas masticar, lo cual les obliga a un replanteamiento de la experiencia vivida debido a que, en un primer análisis, la han engullido sin apenas pensar.

Este es el caso de Alicia, una persona que siempre acaba de comer la primera porque apenas mastica. Curiosamente, en su vida familiar, suele aceptar los planteamientos que le hace su pareja de forma inmediata, sin embargo, al día siguiente empieza a encontrar pegas y a replantearse las cosas.

La cocina: Es el centro alquímico de la casa, donde se producen las transformaciones; el lugar en que los alimentos en estado bruto se convierten en comestibles y gratos al paladar, generando armonía. Será pues de suma importancia mantener una buena higiene en ese espacio de la casa. Una desorganización de la cocina simboliza a menudo una falta de coordinación de cara a la utilización de los propios recursos y refleja a la vez una mala organización interior.

En efecto, cuando hay desorden en la cocina, ignoramos los recursos de los que disponemos, lo cual puede llevarnos, por ejemplo, a comprar alimentos repetidos, con el consiguiente riesgo de que se estropeen. Todo ello equivale a ser poco consciente del propio potencial. Y si alguien desconoce sus recursos, tendrá problemas a la hora de ofrecerlos a los demás.

Resulta difícil invitar a alguien a comer una paella sin saber si se dispone de arroz. Siguiendo esta línea argumental, diremos que si los utensilios utilizados, es decir, el medio para realizar la comida (la experiencia) son demasiado viejos o están muy gastados, puede significar que usamos recursos obsoletos, que nuestros consejos huelen a rancio y es preciso proceder a una actualización.

Valerse de la misma justificación en repetidas ocasiones es como volver una y otra vez a freír con el mismo aceite, o como utilizar una sartén que ha perdido su capa antiadherente.

A través de este artículo he intentado transmitir la importancia de la comida, pero sin caer en el error de pensar que nuestra vida mejorará sólo por el hecho de comer más sano, sino que el concepto de alimentación es mucho más profundo. Está enraizado en nuestro propio ser y se inicia físicamente en el primer contacto con la madre.

Precisamente este blog tiene como objetivo principal dar alimento, o mejor aún, transmitir una forma diferente de alimentarse, que sería la de dar significado a los hechos que acontecen a nuestro alrededor.

En este sentido, podríamos decir que las anécdotas son alimentos, y que si son masticadas de la forma adecuada, cuerpo, mente y corazón lo agradecerán, a la vez que estaremos más cerca de nuestro núcleo y por tanto más próximos al cumplimiento de nuestros objetivos humanos.

Es importante comer bien, pero también lo es prestar atención a lo que se come, a como se ingiere, se prepara, se comparte, se ofrece y se disfruta.


Tristán Llop
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¿Es útil que haya heredado patrones de mi padre o de mi madre?

La mayoría de esquemas que se transmiten entre generaciones responden a una necesidad. Contienen una información que debe ser decodificada. Para configurar el disco duro de un ordenador se requiere un libro de instrucciones que marque los pasos a desarrollar y lo natural será seguir esas indicaciones.

En cambio, cuando se trata de evolucionar, de plasmar en la realidad el guión de nuestra vida, solemos dejar asignaturas para más tarde, tratamos de escapar a las instrucciones que menos nos gustan.

Los esquemas transmitidos por nuestros padres intentan ofrecernos una información a la que gustosamente renunciaríamos (en la mayoría de los casos), si se nos presentara de forma conciente y voluntaria. Esta es la razón principal por la cual esta revelación nos llega codificada.

La información que transmiten los patrones es buena para la persona que la recibe, o por lo menos contiene ingredientes necesarios para su evolución. Pero es preciso tener en cuenta que siempre han existido malos profesores y hace tan sólo unos años nos decían en el colegio (con una barra de cobre recubierta de goma en la mano) que “la letra con sangre entra”. Nadie pone en entredicho la educación, aun cuando el sistema educativo deje mucho que desear. Sin ir más lejos, otro ejemplo lo tenemos en el caso de George W. Bush (presidente de los EEUU) que inició dos guerras “preventivas” y eliminó gran parte de las libertades de los estadounidenses con la excusa de la lucha contra el terrorismo.

Parto de la base de que la gran mayoría de los padres quieren a sus hijos, aún cuando en numerosas ocasiones sean incapaces de demostrárselo, quizá porque vivimos en una sociedad que hasta ahora ha trabajado poco las emociones. Así, unos padres, en lugar de decirle a su hijo: “eres débil de carácter y como te queremos mucho y nos preocupa enormemente tu futuro, vamos a facilitarle unas normas rígidas para que te fortalezcas y puedas de este modo enfrentarte mejor a los retos que te depara el futuro”. En su lugar, le imponen directamente restricciones y reglas obligatorias, que en la mayoría de los casos al chico le parecerán arbitrarias. También puede suceder que se aplique el ejemplo contrario (al revés te lo digo para que me entiendas) y los padres ninguneen de forma continuada a su hijo esperando propiciar que éste se rebote y consiga triunfar en la vida, por pura necesidad de demostrar su valía (todo ello de forma inconsciente).

En la mayoría de los casos el hijo que se siente desanimado, perdido por falta de orientación, menospreciado, maltratado o poco querido, grabará esa enseñanza en forma de patrón y lo desarrollará en alguno de los aspectos de su vida. En el primer caso puede tratarse de alguien sin empuje (patrón de laxitud); en el segundo, la desorientación puede obedecer a querer desarrollar demasiadas actividades a la vez (esquema de dispersión); el menosprecio puede esconder un miedo a enfrentarse a algunos retos (patrón de baja autoestima); en el caso del maltrato, puede derivar hacia un maltratador, un fanático o una víctima –pobre de mí- (patrón de crueldad); y el poco querido necesitará el aprecio y la aprobación de la sociedad (patrón de baja autoestima).

Lo más probable es que la persona se rebele contra sus padres e intente transmitir a sus hijos el esquema contrario, aunque sin una toma de conciencia, acabará por transmitir los mismos esquemas.Cuando reconozca la herencia, comprenda el esquema de comportamiento y acepte que necesita la información que éste le aporta y que sus padres trataron de ayudarle a adquirir, en ese momento habrá dado un paso importante, estará en disposición de superar su esquema y dirigir su vida de forma conciente. Lucio se definió como una persona compasiva, abierta, alegre, pero muy rígido ante ciertas actitudes. Me contó que tuvo una infancia triste porque su madre nunca lo trató con amor, con dulzura, con mimos, sino que su comunicación fue más bien brusca, arisca.

Así, podemos suponer que las sensaciones recibidas que formaron el posterior esquema de comportamiento (la rigidez), fueron asimiladas de forma negativa. Pero, a través de la psicoterapia, Lucio llegó a afirmar que el carácter fuerte y directo que le caracterizaba se lo debía a su madre y que gracias a esos rasgos había conseguido superar situaciones difíciles. Nos encontramos ante una contradicción, ¿La influencia de su madre fue positiva?

Que cada lector elabore su respuesta. Los padres transmiten elementos que, en la mayoría de los casos, resultan constructivos en el desarrollo de la personalidad de sus hijos, aunque sean poco o mal valorados. Lo que puede resultar negativo es que Lucio haya adoptado, además de un carácter fuerte y directo, la rigidez de su madre como patrón y que en su vida lo esté desarrollando inconscientemente como respuesta en algunas de sus relaciones diarias.


Tristán Llop
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¿Qué es un esquema o patrón de comportamiento?

Puede definirse un esquema de comportamiento como un modelo, un molde que prefigura la forma (la cristalización) de un acto, de una actitud, que inclina a tomar cierta posición.

Expresado de otra manera, vendría a ser el modo –regular- con el que nos enfrentamos a las situaciones y la forma que damos a la acción que plasma nuestros deseos e intenciones, prefigurando nuestra personalidad.

Un esquema o patrón de comportamiento puede ser (una vez heredado), en términos generales, el resultado de acontecimientos o vivencias acaecidas con anterioridad (grabadas en nuestro código psicológico, alguna de ellas) –en la infancia o la adolescencia su mayoría - y que se repiten en nuestra vida de forma recurrente hasta que las asumimos, las comprendemos, las superamos o las eliminamos.

A su vez, el patrón también será (cuando haya sido adoptado) el responsable de algunas de nuestras actuaciones futuras. Un esquema nos transmite información que, de forma repetitiva, incide en el desarrollo de nuestra personalidad. Una gran parte de los esquemas de comportamiento se heredan de los padres.

Esta afirmación parece razonable si tenemos en cuenta que los progenitores son los tutores de los valores de sus hijos y los que pueden ejercer mayor influencia durante los primeros años de su existencia, los más importantes en cuanto a formación de la personalidad. En algunos casos se hereda un patrón de otra persona ajena al núcleo familiar, pero en general se trata de alguien muy allegado, que puede estar ejerciendo un papel de padre o madre.

Este era, años atrás, el caso de los padrinos, que debían sustituir a los padres cuando estos se ausentaban o les ocurría una desgracia. Podría decirse que Esther tuvo una infancia normal, si prescindimos del hecho de que tenía un padre (con la autoestima muy baja) que la menospreciaba y le repetía que nunca llegaría a nada en la vida, que siempre estaría en el pelotón de los torpes. Con esfuerzo y tesón Esther consiguió sacarse la carrera de pedagogía y se inició en el mundo laboral.

Los desdeños de su progenitor forjaron en ella una fuerte voluntad de superación que la llevaron a encontrar puestos de trabajo con mucha facilidad. Pero estaba marcada por un complejo de inferioridad que la ha llevado a sentir la necesidad de superarse constantemente y a cambiar de trabajo para poder llegar a más. Por bien considerada que estuviera en su profesión (y lo está) nunca tenía suficiente. Se casó con un ingeniero de reputación, al que idolatra por sus capacidades intelectuales y por la posición laboral que ha conseguido, pero que le hace sentirse de nuevo inferior.

El menosprecio de su padre ha sido asimilado como un esquema de comportamiento de baja autoestima, que la lleva a sentirse insegura y que genera en ella insatisfacción. Además, este patrón está empezando a incidir en la educación de su hija (que ya da muestras de inseguridad) y a la que ha cambiado tres veces de colegio en tres años. El esquema de baja autoestima está en la base de la mayoría de los problemas de personalidad y toma miles de formas distintas.

El padre de Esther fue machacado en su amor propio por sus padres porque decidió casarse con una mujer de clase social distinta a la que aspiraban sus progenitores y consiguieron que se sintiera inferior. Él, a su vez machacó a su hija por tomar una orientación profesional distinta a la que él había soñado. Los patrones vienen a ser como algunos virus, mutan al entrar en un nuevo cuerpo, pero siguen transmitiendo la misma enfermedad.

Todos los seres humanos están ligados a algún esquema de comportamiento que proviene de los padres, aunque sea en el ámbito del inconsciente – incluso en los casos de muerte o abandono de alguno de los progenitores. Los patrones suelen limitar cuando se ejecutan de forma inconsciente, ya que desconocemos la razón que nos lleva a actuar de un modo u otro, a ofrecer la misma respuesta que nuestros padres, aunque sea ante un contexto distinto. Sería por ejemplo el caso de aquella persona que, movida por esquema que haya derivado en un complejo de inferioridad, se ata al “autoritarismo”, lo cual le llevará a querer imponerse a los demás en determinadas facetas de su vida, en especial cuando se sienta cuestionada.

Es habitual encontrar este patrón en hijos de militares, de policías o de personas que hayan sido educadas con un marcado acento marcial.Seguirá un proceso similar el que movido por un patrón de baja autoestima, se cuelga de la actitud del “pobre de mí.” Se trata de alguien que intenta atraer la atención de los demás, sus cuidados, a través de quejas continuas. A menudo la persona consigue ponerse enferma para defender mejor su argumentación, penetrando en el terreno de las llamadas afecciones psicosomáticas. Afecciones psicosomáticas son aquellos tipos de patologías, alteraciones del comportamiento, cuyo origen es psíquico pero su sintomatología o manifestación es física. Sería el caso del dolor de barriga o la fiebre de un niño que se niega a ir al colegio porque se ha peleado con un compañero.

Cualquier esquema de los mencionados crea bucles que encierran al implicado, limitando de forma alarmante su creatividad y su capacidad de aprendizaje y de avance, dado que ante situaciones distintas tiende a responder siempre de la misma manera. La toma de conciencia de los esquemas de comportamiento heredados da la posibilidad de facilitar respuestas distintas a las numerosas vivencias que le ofrece su actividad diaria.Es preciso comprender que cada ser humano está formado por innumerables tendencias.

Todos somos buenos y malos, orgullosos y humildes, generosos y egoístas. Pero cada cual desarrolla más un aspecto de su personalidad, en función de sus necesidades evolutivas y de los patrones heredados.Los esquemas de comportamiento suelen ser limitadores y quizá sea ésta la propiedad que la gente busca – de forma inconsciente – en ellos, ya que la limitación o la repetición de un acto que se domina confiere seguridad.

Cuanto más limitada es una actitud, más fácil es controlarla (en apariencia). Pero su sentido limitador retrasa nuestra evolución, puesto que nos impone respuestas repetitivas que, por serlo, han perdido su contenido experimental. Siempre que nos comportamos siguiendo pautas inconscientes y que por ello se consideran ajenas a nuestra personalidad, perdemos la oportunidad de desarrollar nuestra propia estrategia.

Un esquema de comportamiento es como el molde que se utiliza para fabricar un anillo en serie, su hechura es siempre la misma y aunque utilicemos un material distinto para rellenarlo (anécdotas diferentes) seguimos ofreciendo respuestas estándar. Romper el molde –el patrón- equivale a buscar el modelo de anillo exclusivo, a desconectar el piloto automático, a dirigir la propia vida.


Tristán Llop
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La herencia, ¿la aceptamos?

¿Por qué en ocasiones resultan poco fluidas las relaciones con los padres? ¿tengo que huir de casa para desprenderme de los patrones? ¿Cuál es mi herencia?

Esquemas de comportamiento, la transmisión de una herencia inconsciente

En la película “condenado”, Robert De Niro trata de huir de la sensación de abandono que él dice que sufrió cuando su padre fue ajusticiado en la silla eléctrica por un asesinato. Uno de los policías que llevaba el caso decide adoptarlo y tras su mayoría de edad lo apadrina para que entre en la policía. Años más tarde, una aventura de su mujer le lleva a propinarle una paliza y a que ésta solicite el divorcio. Su ex consigue dificultar mucho el régimen de visitas a su hijo, hasta que él abandona los intentos. Al cabo del tiempo, su hijo se ha hundido en la droga (en parte debido al sentimiento de abandono) y en una trifulca mata a un camello. Su padre es el encargado de investigar el crimen.

En medio de la investigación, su nuera le trae a su nieto (él desconocía su existencia) y se marcha a comprar tabaco, abandonándolo en su casa. El policía duda si quedarse con la custodia del pequeño o entregarlo a una institución. Parece que el abandono se ha repetido en tres generaciones (padre, hijo y nieto).

Al final de la película, Robert De Niro salva a su hijo del suicidio prometiéndole que nunca volverá a abandonarlo, que lo visitará en la cárcel y le ayudará a rehacer su vida cuando salga. En la última escena se ve al abuelo paseando por la playa con su nieto.

El ejemplo anterior nos muestra lo que podría ser un esquema de comportamiento, el del abandono, que se ha transmitido a tres generaciones, hasta haber sido reconocido y comprendido (por el abuelo, que finalmente acepta la responsabilidad de educar a su nieto).

¿Cómo me relaciono con los demás? Siguiendo unas pautas de comportamiento que vienen marcadas por las diferentes fases de aprendizaje por las que he pasado. Algunas se adquieren de forma consciente: me castigaban cada vez que llegaba tarde, aprendí a ser puntual o llego tarde por narices”. Otras se inscriben en la personalidad de forma inconsciente “tengo un padre celoso y, sin darme cuenta, desarrollo algún tipo de celos hacia los amigos, el trabajo, los hijos; me he sentido abandonado y sin percatarme estoy abandonando a alguna de las personas a las que quiero”.

Hemos entrado de pleno en el siglo XXI y éste ha de ser un periodo de grandes descubrimientos, la vida tiene que ser decodificada. Se nos presenta el reto de revelar uno de los grandes enigmas de la personalidad del ser humano: los esquemas de comportamiento, también llamados patrones.

Para conseguirlo, resulta imprescindible analizar la relación con nuestros padres como transmisores de una herencia, en la mayoría de los casos inconsciente, que marca con tinta indeleble el carácter y la personalidad de los hijos. Si bien es cierto, que existen varios niveles de relaciones sociales (escuela, amigos, televisión, ambiente, etc.) que determinan algunos comportamientos y que se adhieren a la personalidad como las capas de una cebolla, los padres representan el núcleo, que ejercerá una gran influencia sobre el desarrollo posterior.

Así, conocer nuestra herencia psicológica, es decir, los esquemas de comportamiento que hemos recibido en herencia, nos ayudará enormemente en el proceso de autoconocimiento y generará en nosotros un sentimiento de libertad.

En ocasiones, al tomar conciencia de los patrones heredados, nos sentiremos agradecidos con nuestros progenitores. Otras, en cambio, despotricaremos de lo que parece una desagradable jugarreta del destino. La falta de información acerca de la razón por la cual adquirimos ciertos esquemas es, a menudo, causante de que las relaciones con los padres resulten poco fluidas y cargadas de reproches. A veces, el peso de ese patrimonio es tal que la persona se ve obligada a huir de su casa, literalmente, a marcar una distancia física con sus progenitores para poder desarrollar su programa de vida.

Este caso se da con más frecuencia en las familias con padres triunfadores, ya que los hijos se sienten presionados y casi obligados (de forma inconsciente) a emular a sus progenitores. Generalmente, los puntos en común entre diferentes generaciones quedarán reflejados en una serie de actitudes que se repetirán de forma sutil. El padre es un maniático, el hijo y el nieto también lo son, aunque cada uno puede desarrollar distintas manías.

La familia, como centro de nuestro universo, es un lugar de origen, desarrollo y transmisión de una serie de esquemas de comportamiento. En el seno de la misma tendrán lugar innumerables intercambios, que marcarán la vida de las personas que componen esa célula. La mayoría tenemos una familia de origen que ha estructurado nuestra vida desde sus inicios, transmitido normas, reglas de conducta, ejemplos de comportamiento, que han generado recuerdos, vivencias, imágenes que se borraron al instante de ser interiorizadas – por lo menos en el consciente – o conceptos y sensaciones que se grabaron a sangre y fuego. Algunas positivas, como el cumpleaños en el que recibimos el mejor regalo del mundo; otras tristes, como el día que se separaron mis padres. Ciertos recuerdos (programas) se grabaron con tanta fuerza que han perdurado en el tiempo hasta formar parte de nuestros esquemas de comportamiento.

Comprender cómo funciona la psique de un ser humano y los entresijos de su personalidad puede resultar algo complejo, pero también lo es unir un rompecabezas de dos mil unidades, sobre todo al principio, y a medida que se va formando el dibujo, vemos más cerca su final y nos resulta más sencillo. La comprensión de los esquemas de comportamiento a los que se asocian algunas de nuestras actitudes, debe ayudarnos a configurar un proyecto, a entendernos mejor, a favorecer el encaje de las piezas.

Y si el mapa completo representa unir todos los cabos sueltos de nuestra personalidad, la comprensión de cada elemento que forme esa carta de navegación ayudará a que nos entendamos mejor y resulte así más armónica nuestra vida, la relación con los padres, hijos, hermanos, pareja, amigos... y con nosotros mismos.


Tristán Llop
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Los detalles, un camino hacia la felicidad

Vivimos en la era del estrés, en un mundo donde manda la prisa. Todo lo hacemos a la carrera y cada vez disponemos de menos tiempo para dedicar al cuidado de nuestro cuerpo físico, emotivo o mental.

Pero con este corre, corre lo único que conseguimos es ir más despacio en nuestro desarrollo evolutivo. Prueba de ello es que la OMS (organización Mundial de la Salud) advierte en uno de sus informes que, de seguir así, en el 2020 la depresión será la segunda causa de incapacidad en el mundo y la depresión es precisamente la enfermedad del cambio.
Para invertir esta tendencia es necesario frenar, ralentizar los procesos, usar la conciencia láser (ver artículo en la sección Actividades para Conectar con la Nueva Era) y fijarnos en los detalles.

Los detalles son la sal de la vida, nos ayudan a sentirnos vivos y cuando los tenemos hacia los demás, hacen que se sientan bien, ayudan a aumentar el nivel de autoestima, en definitiva, a alcanzar la felicidad.

Para probarlo os propongo un pequeño y sencillo ejercicio de detallismo:

1º escoger una persona a la vais a dirigir vuestros detalles.
2º Realizar una lista de 7 detalles que queráis realizar con ella.
3º Cada día, durante una semana, realizaréis uno de esos detalles.
4º Una vez realizado el ejercicio analizaréis los cambios que se han producido en vuestra relación con esa persona.

Para realizar el ejercicio anterior os sirve cualquier tipo de detalles, comprar un regalo (bombones, una vela, una tarjeta, un ramo de flores), escribir un poema o una carta bonita, hacer un dibujo, comprar entradas para el cine, el teatro, un musical, montar un juego en l que participe la persona. Se trata de usar la imaginación.

Terminaré este artículo con un caso real que tuvo lugar en una consulta.

A Alejandro le preocupaban sus relaciones con su mujer, que andaban algo deterioradas, y se preguntaba qué podía hacer para mejorarlas. Entró en mi consulta soltando humo por las orejas.

- Siento el retraso, pero me he encontrado con unos Testigos de Jehová que me han tenido un cuarto de hora soltándome un discurso sobre la importancia de los detalles en la vida de las personas. Si creían que iba a caer en sus redes, van finos, a mí las sectas...

Tras haber oído el relato de la historia que estaba viviendo con su mujer y teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrirle, le preguntamos si recordaba cuál había sido la última vez en que le había regalado algo (léase flores, bombones, una salida al teatro o a un concierto, una palabra amable, una sonrisa sincera, un poema) a su pareja. Respondió que le faltaba tiempo para esos menesteres y que ya le daba el suficiente dinero como para que se comprara ella misma todo lo que necesitaba.

Entonces, sin entrar a juzgar su delicadeza, le sugerimos la posibilidad que aquellos personajes que se encontró por la calle y que provocaron su retraso, le estuvieran aportando una respuesta a su pregunta de cómo mejorar sus relaciones de pareja. Le insinuamos que quizá se trataba de empezar a tener más detalles con su compañera de ruta. Entonces quedó pensativo unos instantes y, dándose cuenta de la coincidencia, comentó su intención de comprarle aquel mismo día un ramo de flores a su mujer. Para él, éste fue el inicio de un cambio de estrategia a la vez que de una mayor valoración de su personalidad femenina, simbolizada por su esposa.

Con este ejemplo podemos percibir, una vez más, que el universo siempre responde a nuestras preguntas, aunque sea de la forma más insólita e inesperada. Un detalle nos acercará a la felicidad.


Tristán Llop
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¿Quieres que se vaya?... deséale lo mejor

Marina dirigía un centro de terapias alternativas. Sofía, una amiga suya que se había quedado sin trabajo, se instaló un día en el centro, con el pretexto que deseaba ayudarla. En un primer momento, y sin que nadie se lo sugiriera, Sofía se sentó en la mesa de recepción y se auto asignó el puesto de telefonista. Marina empezó a preocuparse en cuanto se dio cuenta de la poca gracia y diplomacia de su amiga para contestar a las llamadas.

– Va a asustar a los clientes, que están acostumbrados a un trato mucho más dulce – decía Marina. - El caso es que yo la quiero mucho y se me haría muy cuesta arriba tener que echarla, porque presiento que se enfadaría conmigo. Pero si la dejo continuar con esa labor me quedo sin trabajo.

Para ayudarla a salir de esta situación, sugerí a Marina que pensara en Sofía visualizándola en un puesto de trabajo maravilloso, disfrutando de su actividad, imaginando que la contrataban y que ella podía desarrollar su personalidad y ser feliz. Así lo hizo Marina diariamente durante una semana. Transcurrido un mes volví a verla y me contó el desenlace.

- Es increíble, le han ofrecido a Sofía un trabajo en la televisión autonómica de Burgos (el Centro de terapias estaba en Barcelona), su ciudad natal, y se ha trasladado allí. Además su hijo estaba en paro y tenía problemas económicos. Ahora ella puede ayudarle y están viviendo juntos de nuevo. Es feliz. Realmente resulta impresionante lo que puede hacerse con el poder de la mente.

Emitir sentimientos positivos, mandar corazones

El problema que se plantea a menudo cuando tratamos de liberarnos de la presencia de una persona que obstaculiza nuestra libertad, es que emitimos sentimientos negativos para alejarla de nuestra vida (véase un jefe que nos hace la vida imposible, una hermana que siempre ocupa el cuarto de baño o un amigo que nunca calla, etc.) lo cual redunda en un mayor apego y por lo tanto en una mayor necesidad de permanecer unidos a la persona en cuestión (aunque ese deseo sea inconsciente).

En cambio, si la actitud es la contraria, es decir, si uno empieza a pensar en positivo, deseando que esa persona sea feliz, que encuentre un trabajo más gratificante, que la asciendan, que gane enteros en cualquier aspecto de su vida, los sentimientos y pensamientos positivos pueden darle alas y facilitar una mejora en sus condiciones de vida, lo cual redundará a su vez en nuestra propia prosperidad.

A priori, debería resultar sencillo mandar pensamientos positivos a una persona con la que se mantiene algún contencioso, pero en la vida práctica, suele costar un gran esfuerzo y ello es debido a que dicha persona, con su actitud negativa, está emitiendo un mensaje que va directamente dirigido hacia el individuo que tiene problemas con ella (ya que le está haciendo de espejo).

Emitir buenos deseos hacia esa persona equivaldrá a darse cuenta, aunque sea inconscientemente, que uno acepta el mensaje, aún sin estar todavía preparado quizá para contestarlo. Es decir, que encajamos el reproche, nos damos cuenta que ese “enemigo” forma parte de una realidad que es la nuestra.

Por ejemplo, cada vez que lanzamos corazones –como en la serie de dibujos animados: “Los Osos Amorosos”, que se unen para mandar corazones de colores a todos aquellos que mantienen una actitud negativa o están de mal humor- cada vez que pensamos o sentimos en positivo hacia una persona con la que tenemos abierto un frente de polémica, añadimos una nueva piedra en la construcción del puente que unirá nuestra conciencia con nuestra realidad, o sea la imagen que nos refleja el otro con lo que nosotros creemos ser.

Dicho de otro modo, aún en el supuesto de que resulte muy arduo tomar conciencia de cuál es el problema de fondo y tengamos poco claro el mensaje que nos intenta transmitir el espejo de turno (la persona que está enfrente), el sólo hecho de tener una voluntad positiva, es decir, amorosa, de perdón, de cara a las ofensas que hayamos recibido de ese espejo, servirá de líquido corrector para ayudarnos a eliminar parte de la carga kármica particular (facturas pendientes, relaciones del pasado que deben ser perdonadas y asimiladas).

Ello es debido a que las fuerzas del universo funcionan con gran eficacia y procuran proveer al hombre de todos los sistemas imaginables para favorecer y acelerar su evolución, aún cuando éste se resista, como le sucedió al protagonista del siguiente cuento.

El devoto que perdió su oportunidad

En un pueblo vivía un hombre devoto, que mantenía muy buenas relaciones con Dios. Unas lluvias torrenciales provocaron una gigantesca inundación que obligó a evacuar el pueblo. Cuando el jeep de la policía vino a buscarle, él se negó a subir, argumentando que Dios nunca le dejaría morir debido a las buenas relaciones que mantenía con él.

Al desbordarse una presa cercana y elevarse el nivel del agua, tuvo que subir al primer piso de su casa para evitar ahogarse. Entonces se le acercó una lancha de salvamento, a la cual también declinó subir, manteniendo el mismo argumento que en la ocasión anterior.

Finalmente, el caudal del agua creció de tal manera que se vio obligado a encaramarse a la azotea de su casa. Allí lo divisó un helicóptero de rescate pero, como hiciera Pedro ante Jesús, negó por tercera vez y entonces se ahogó.

Cuando llegó al cielo, le preguntó extrañado a Dios cómo había dejado morir a un hombre tan devoto como él y éste le contestó, con palabras santas, que le había mandado tres transportes distintos, por tierra, mar y aire, (que en lenguaje simbólico podría interpretarse como elementos de salvación para su cuerpo físico, sus emociones y sus ideas) negándose él a utilizar ninguno de los tres, lo cual le llevó a perder la oportunidad de salvarse.

Vemos a través de esta anécdota lo empecinado que puede llegar a mostrarse un ser humano y es un buen ejemplo ilustrativo de la resistencia que a veces ejercemos ante cualquier forma de ayuda divina. Quizá porque preferimos esperar a que aparezca Michael Landon, John Travolta o Nicholas Cage en el apartado masculino; o Shirley Maclaine, Olivia Newton-John en el femenino y que se presenten vestidos de ángeles para salvarnos. (Todos ellos han encarnado ángeles en distintas películas).


Tristán Llop
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