El niño que quería volar

Cuento 3

Darío pasó el día intentando "escuchar" lo que sucedía a su alrededor y se dio cuenta de que no era nada fácil. Pero también empezó a intuir la diferencia que había entre "oír y escuchar".

Vio que hasta ahora, en su vida, se le escaparon muchos detalles por no haber estado suficientemente atento. Recordó que fue su amiga Silvia la que le introdujo en el mundo de los ángeles y que ella a menudo hablaba de estos temas, pero que hasta ahora él no le había dado importancia y se dijo:

-¿Cómo voy a poder ser contestador si no presto atención a lo que sucede a mi alrededor? Tengo que estar más atento.

Se dio cuenta entonces de que algunos de los niños que hacían travesuras en clase, las realizaban no porque fueran malos, sino para atraer la atención de la maestra y curiosamente la mayoría de ellos tenían algún tipo de problema.

A Julia, por ejemplo, se le habían separado los padres; a Carmen le daban jarabe de palo; y Martín siempre iba vestido de forma muy estrafalaria.Esa tarde, en el patio de la escuela, Darío se acercó a Silvia para explicarle sus experiencias con Yliel. Ya lo había intentado con su mejor amigo pero éste se echó a reír diciéndole que eran tonterías imposibles de creer. Quizá con Silvia iba a ser diferente, ya que ella sí creía en los ángeles.

-Silvia, ¿sabes lo que me ha pasado?, he conocido a un ángel llamado Yliel y me ha explicado que...

-Darío le relató su experiencia y Silvia le contestó:

-¡Qué bien! Yo, el otro día, mientras estaba durmiendo le pedí a Mebahiah, mi ángel, que me llevara a mi fiesta de cumpleaños y nos lo pasamos de fábula, ¿te acuerdas? Tú también estabas.

-La verdad es que no recuerdo, pero oye, ¿tú cómo has sabido que Mebahiah era el tuyo?

-Porque mis padres tienen un libro en el que está escrito el nombre del ángel que corresponde a cada persona.

-Pues ha de ser un libro grandísimo, con un millón de páginas por lo menos.

-No. El ángel de cada uno se busca a partir de la fecha de nacimiento. Hay muchas personas que tienen el mismo. Por ejemplo, si tú y yo hubiéramos nacido el mismo día, tu ángel sería también Mebahiah.Silvia hablaba como si aquello fuera lo más normal del mundo, pero la verdad es que costaba un poco entender eso de la fecha de nacimiento.

Estuvieron hablando durante todo el tiempo que duró el patio y Darío se quedó extrañado y sorprendido con todas las cosas que sabía sobre los ángeles su nueva amiga. Para él fue importante descubrir a alguien con quien compartir sus secretos.

Esa tarde, en el camino de vuelta a su casa, Darío estuvo pensando en su madre; ella siempre se interesaba por saber cómo estaba, si todo iba bien en la escuela, si tenía algún problema; en cambio él no le preguntaba nunca nada, por eso cuando llegó le dijo:

-Hola mamá, ¿cómo estás? ¿Has tenido un buen día? ¿Te ha salido todo como tú esperabas?

La mujer se quedó algo extrañada por la actitud de su hijo y le contestó:

-Muy bien ¿y a ti? ¿Cómo te ha ido el control?

-Bastante bien, lo sabía casi todo. ¿Puedo ayudarte en alguna cosa?

- Pues ahora que lo dices, si arreglaras el armario de tus juguetes...

-¡Ostras!- exclamó sin que le oyera su madre.

Se había quedado un poco decepcionado pues no se refería a ese tipo de ayuda, él más bien pensó en contestarle alguna pregunta, en darle algún consejo o incluso en abrazarla si era necesario, pero arreglar el armario, esa no era una tarea muy agradable y ni siquiera le pareció que sirviera para ayudar a nadie.

-Pensándolo bien, siempre le toca a mamá ordenarlo- dijo en voz baja.

-¿Qué dices hijo?

-Que sí mamá, que ahora mismo lo hago.

Darío tardó una hora y media en poner sus juguetes más o menos en orden. En realidad lo que hizo fue colocarlos todos en cajas y apilarlas por tamaños, de más grande a más pequeña. Cuando acabó ya era la hora de ducharse. Después de cenar se fue a la cama. Antes de que se durmiera su madre le puso el termómetro, ya que estaba un poco preocupada por el cambio repentino de su hijo y pensó que quizás estaba enfermo.

No pasa muy a menudo que un niño llegue a casa, se preocupe por el estado de ánimo de su madre y luego se presente voluntario para pasarse la tarde arreglando el armario.Mientras le ponía el termómetro Darío pensó: "Son muy extraños los mayores. Se pasan la vida protestando porque sus hijos no les ayudan y cuando uno por fin lo hace, creen que está enfermo. No hay quien los comprenda".

Después de que su madre comprobara su temperatura, se durmió pensando que quería hablar con Yliel.

-Hola, Darío.

-Hola. Hoy he tenido una jornada muy interesante, he estado hablando con Silvia ...Pero antes de que siguiera el ángel le dijo:

-Ya lo sé, recuerda que en el mundo de los sueños todo se sabe y me ha parecido muy bien que ordenaras tu armario, que falta le hacía. Tu madre está muy contenta y se lo contará a tu padre en cuanto llegue.

-No creas que ha sido fácil, me ha costado bastante.

-Seguro que después de este esfuerzo tratarás de mantenerlos más ordenados.

-Hombre, ¡pues claro!, y cuando vengan mis amigos les invitaré a jugar en la calle para que no lo desordenen.

-Tampoco hay que exagerar, ¿no crees?.

-Está bien. ¿Me explicas la historia del niño que quería volar?

-De acuerdo. Cierto día el Arcángel Gabriel me llamó ...

-Un momento, ¿y ése quién es?

-Podríamos decir que es mi jefe, quien me encarga los trabajos. Pues me llamó para encargarme una nueva misión: en la tierra unos padres estaban pidiendo ayuda con mucha insistencia. El problema era su hijo de cuatro años, que había visto en una serie de televisión un hombre que volaba y estaba empeñado en querer imitarle. El asunto empezaba a ser peligroso y por ello era preciso actuar con celeridad. El niño se llamaba Víctor y cuando llegué a su casa lo encontré subido en una silla dispuesto a tirarse por la ventana para volar.

-Y lo bajaste de la silla, ¿no?

-interrumpió Darío.

-No, los ángeles no debemos interferir de forma directa en la vida de los humanos.

-¿Entonces cómo le ayudaste? Ya sé, hiciste una barrera electromagnética de energía para que no pudiera caerse.

-¡Me parece que has visto mucha televisión! ¿no? Ahora ten paciencia y escucha. La madre de Víctor estaba en la cocina preparando la cena y tenía la sartén en el fuego, entonces le pedí ayuda a mis amigas las Salamandras.

-¿Te refieres a esos animales que son como lagartijas?

-No. En vuestro mundo tenéis cuatro elementos mágicos sin los cuales no es posible la vida: el fuego, el agua, el aire y la tierra. Cada uno de ellos está formado por unas criaturas invisibles. Las del fuego se llaman Salamandras; las del agua se llaman Ondinas; las del aire se llaman Sílfides y las criaturas de la tierra se llaman Gnomos.

-Ah, yo conozco a David el Gnomo, lo he visto en unos dibujos animados.
-Si, lo sé, os enseñaba lo importante que es cuidar el bosque y respetar la naturaleza. Como te estaba diciendo, le pedí a las Salamandras su ayuda. Aquel día les dije:

-Necesito que le hagáis a esta mujer una pequeña quemadura para poder salvar la vida de su hijo.

-Estamos encantadas de ayudarte, no te preocupes que no te fallaremos - me respondieron.

-Dicho esto le saltó a la madre una pequeña chispa sobre la mano por lo que tuvo que ir en busca de una crema para quemaduras al lavabo, pasando forzosamente por el comedor. Y fue entonces cuando vio a su hijo subido en una silla a punto de saltar por la ventana. Llegó justo a tiempo de agarrar a Víctor por el jersey, pero el susto que se llevó fue de muerte.

-Esa noche, estuve hablando con el niño mientras dormía para intentar explicarle que nadie puede volar, que esto sólo puede hacerse en mi mundo, y que en la serie que había visto en la televisión no era real que aquel señor volara, sino que se trataba de un truco. Pero era demasiado pequeño para entenderlo y por muchas razones que le diera él se negaba a hacerme caso.

-Pero tú eres un ángel, ¿no podías obligarle a obedecerte?

-Claro que no. Donde yo vivo no se puede obligar a nada.

-¡Que sitio más guay!, pero entonces seguro que nadie se lava los dientes, ni tiene que cortarse el pelo, ni que comer lentejas y cualquiera puede hurgarse en la nariz o chuparse el dedo, porque si no hay obligaciones..., seguro que nadie hace los deberes.

-Mi mundo es diferente al tuyo y en él cada uno sabe lo que tiene que hacer y las cosas se hacen sin necesidad de que nadie las mande. Todo se desarrolla en armonía y no hay nunca peleas.

Pero volvamos a nuestra historia, el caso es que Víctor no se dejaba convencer de que es imposible volar. Entonces se me ocurrió una estrategia. La noche siguiente entré en los sueños de su padre. Durante el día este hombre vio unos carteles que anunciaban la llegada a su ciudad del Circo Mundial y decidí proponerle que llevara a su familia a ver el espectáculo. Como estaba muy agobiado con el problema de su hijo, se dejó convencer con facilidad.

El día siguiente era sábado y fueron al circo. El niño estaba muy contento, por ser la primera vez que visitaba una carpa. Los payasos salieron los primeros, había uno que no dejaba de llorar porque el otro le daba bofetadas sin parar y golpes con el zapato, con el sombrero ... y así lo iba persiguiendo por toda la pista. Después salieron los leones. Víctor se llevó un gran susto al ver cómo al domador introducir su cabeza dentro de la enorme boca de uno de ellos. Las monas en bicicleta eran muy graciosas y unos osos enormes demostraron su fuerza. Tras el descanso vinieron los trapecistas y entonces Víctor le dijo a su padre:

-Papá, pueden volar.

El padre lo miró con aire triste, ya no sabía qué contestarle. El niño observaba como se soltaban de un trapecio a otro.

Pero en el momento en que uno de ellos estaba haciendo un triple salto mortal, le pedí a mis amigas las Sílfides, esas criaturas invisibles del Aire, que me ayudaran. Hicieron que soplara un poco de viento y así el trapecista no llegó a coger su trapecio y se cayó. Se oyó un gran grito en el circo.

-Cuando Víctor lo vio se puso a llorar y dijo:

-Papá, no vuela, no vuela.

-No hijo mío y si no hubiera estado la red debajo, se habría hecho mucho daño.

-Pero, ¿entonces yo tampoco podré volar?

-No hijo, nadie puede volar.

-Una lágrima se deslizó por la mejilla de su madre, pero era de felicidad. Y así fue cómo Víctor se dio cuenta de que en el mundo físico nunca podrá volar, con lo cual se había terminado mi misión.

-Pero el pobre trapecista tuvo que caerse para que Víctor se diera cuenta de que no puede volar.

-La noche anterior fui a visitarlo, en sueños, y le pregunté si estaba dispuesto a ayudar a Víctor y me dijo que encantado. Ya te he comentado antes que no obligo a nadie, todo se hace voluntariamente. Pero como trabajamos en el mundo de los sueños, la mayoría de la gente, al despertar, no se acuerda de lo que hizo cuando dormía.

-Y el trapecista, ¿se acordó?

-No. Y hablando de recordar, no olvides decirle a tu padre que el ascensor se estropea muy a menudo porque hay una piel de mandarina enganchada en el raíl de la puerta del sexto piso y a veces hace que ésta no se cierre bien.

Darío iba a preguntarle que cómo sabía lo del ascensor pero se acordó que en el mundo de los sueños todo se sabe.

-A tu madre puedes decirle que no se preocupe por el examen, que va a sacar un notable.

-No te entiendo -contestó el niño.

-Tú díselo, ella sí lo entenderá. Ahora debo dejarte, mañana, si todo va bien, nos volveremos a hablar. Adiós.

-Adiós.Apenas tuvo tiempo de despedirse, cuando su madre ya estaba a los pies de su cama tratando de despertarlo.

-Buenos días cariño, hay que levantarse.

-Mamá, me ha dicho Yliel que no te preocupes por tu examen.

-¿Qué dices hijo?

-Que lo vas a aprobar, no, que tendrás un notable.

La madre se quedó un poco confusa ya que ese día tenía un examen de inglés, pero no recordaba habérselo comentado a su hijo.

-Papá, papá, Yliel me ha dicho que es por culpa de una piel de mandarina que el ascensor se estropea.El padre estaba vistiéndose y no acabó de entender lo que su hijo le contaba.

-¿Qué dices del ascensor?

-Que hay una piel de mandarina enganchada en el raíl de la puerta del sexto piso y por eso se estropea.

El padre acabó de vestirse rápidamente porque estaba ansioso por subir al sexto piso a comprobar lo que le había dicho su hijo. ¿Y si era verdad que un ángel le dio la información? ¿Era posible? Empezaba a dudar y necesitaba respuestas. Aún con las zapatillas, cogió la llave maestra que guardaba en un cajón del comedor y subió andando por la escalera. Su hijo andaba detrás de él en pijama, sin escuchar las recomendaciones de su madre que intentaba que fuera a vestirse.

Cuando llegó al sexto introdujo la llave en la puerta del ascensor y la abrió. Padre e hijo miraron hacia el suelo, había alguna cosa colocada en la punta del raíl que no permitía que la puerta hiciera contacto correctamente. El padre se agachó a recogerla y al acercarse vio claramente que se trataba de una piel de mandarina, tal como dijo su hijo. A continuación volvió a cerrar la puerta del ascensor para comprobar si funcionaba y así fue. Los dos entraron en el ascensor y bajaron hasta su piso sin decirse una palabra.

Darío fue entonces a lavarse y a vestirse pensando que a los mayores les costaba mucho creer en las cosas que les contaban sus hijos, aunque las vieran con sus propios ojos.Cuando Darío se marchó al colegio sus padres estuvieron un buen rato hablando:

-He ido a comprobar lo del ascensor y era verdad, una piel de mandarina impedía que la puerta hiciera contacto en el sexto.

-Pues a mi me ha dicho que sacaré un notable en mi examen, pero lo curioso es que no recuerdo haberle comentado nada de él.

-¿Será verdad que habla con un ángel?

-Pero hombre, ¿como quieres que hable con un ángel? eso sólo sucede en las películas. Seguro que todo ha sido fruto de su extraordinaria imaginación. Con tantas preguntas como hace, tiene respuestas para todo.
-Pues con su imaginación acaba de arreglar el ascensor.

Los padres estaban hechos un lío. Dudaban si creer o no a su hijo. Pero, mientras tanto, Darío era feliz por encontrar un nuevo amigo de aventuras, alguien con quien poder visitar nuevos mundos y sobre todo alguien que le ayude a aprender muchas cosas, que en definitiva era su objetivo principal, ya que Darío quería ser contestador.

Tristán Llop


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